Yo soy quien apaga Madrid y escribe amor a oscuras.

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Ella: "¿Sabes? Ya sé por qué te quiero. Te quiero porque eres "casa", da igual lo que pase ahí fuera. Porque juntos somos "casa" y todo está en paz. Vienes aquí y te duermes en mis brazos y yo me quedo toda la noche mirándote porque es lo más bonito que puedo hacer. Tú eres mi casa y yo soy tu casa.
Te quiero."

Él: "¿Sabes? Yo también sé por qué te quiero. Porque haces las cosas fáciles. Porque si tuviera que elegir un sitio para vivir sería tu cuarto. Porque debajo de tu cama el mundo es tan pequeño que parece que no puede pasar nada más, y a mi no me hace falta que pase nada más si estoy contigo.

Te quiero."

Un pensamiento sobre ti.

Es jueves, hace mucho frío y estás un poco lejos de aquí, de todas las hojas que he pisado esta mañana y no han crujido porque estaban mojadas. Me han hecho ver que lo del frío era por diciembre, ese mes que dice tantas cosas. Todo lo que ha cambiado mi vida desde hace poco más de un año es incomparable a nada y siento que lo del tiempo es por demás, todo lo que nos hace sentir tan bien es lo que más deprisa se llevan los relojes. Retenerte cada domingo a mi lado, un día más, un amanecer más, tres minutos más quizá.

"He buscado muchas cosas durante mucho tiempo(perdido) al tocar otras pieles, al besar otros labios, incluso al tumbarme en otras camas, camas que estuvieron frías del primer al último día. Cosas que ni si quiera yo sabría explicarte. La felicidad, supongo. Aún cuando creía tener algo valioso seguía echando de menos, seguía suplicando que alguien me sacara de la rutina, de la desesperación, de la injustificable agonía de no saber muy bien qué estaba haciendo con mi tiempo. Eché de menos tu mirada deseosa cuando me vestía guapa, muchísimo, más aún cuando alguna tarde no lo estaba en otra cama. Nunca nada fue comparable a ti. Nada me ha sabido igual.

Mi fabuloso complemento.
Qué pena no haber bailado contigo en aquella discoteca, en vez de con aquel inútil que no hacía más que pisarme el pie izquierdo por su ridícula descoordinación. Ni siquiera le conocía. Te eché de menos esa noche, y las miles que la sucedieron.
Lloré. Mucho. Sin saber hacer combinados lágrimas-sonrisas. Ahora ya sé hacerlo, gracias a ti..."

Y entonces abro los ojos y me siento bien, quedan tres días, 72 horas y unos cuantos besos para celebrar un año desde nuestro primer 16, ya no hay fórmulas ni corazones rotos dibujados en mis apuntes. No. Estás solo un poco lejos, pero nada más. Perdón por la cerveza tan amarga del otro día y por no elevarte hasta el cielo cada cinco minutos. Eres todo lo que quiero y necesito. Y por todo, por tanto de tanto, gracias.

La más pequeñita y más grande a la vez❤

Y sé de alguien que hace vibrar el suelo. Que lo complicado a simple vista, ella lo hace sencillo. Que tiene un don, y dos y tres y todo lo que se proponga. Dice que le gusta mi letra al escribir, que hago algo divertido con la boca al comer pipas y que nadie huele mejor que yo, que aprende de mí, pero me parece imposible. Yo a su edad no era ni la mitad de lo que es ella ahora. No sé si quiero volver a casa si ella está por ahí haciendo de las suyas o simplemente limitarme a mirarla boquiabierta. Y de pequeña, la verdad, ya tiene poco, está pasando de grande a inmensa. Y yo, como hermana orgullosa, seré todo lo que ella me pida.

Muy típico escuchar canciones y relacionarlas con personas o momentos de tu vida, ¿no? Yo odio escuchar música por eso, porque me hacen pensar en todo lo vivido y me asusto al ver como ha cambiado todo. Cuando cuento mis cosas y haces como que no te importa, pero luego en realidad lo valoras de manera muy especial. Odio que tengas tan claro que siempre que quieras desahogarte voy a estar ahí, al instante. No te lo reprocho. Ego y prepotencia van de tu mano, lo borde que resultas a veces y lo que me decepcionas en otras tampoco, todos fallamos. Muchos buenos recuerdos de los últimos tiempos son contigo y ya me da igual todo lo que quedó eliminado y perdonado porque quizá seas uno de los mejores amigos que tengo. Y me veo en la obligación de darte las gracias por hacer cosas por mi sin darte cuenta. Eres único.

De cuando paseaba por Manhattan y era la chica más feliz del planeta. Y de cada día que pienso en volver...

Hacía mucho que no te escribía. Lo siento.
¿Te sigues acordando de mi? ¿de mi pelo? ¿de mi cara con la sonrisa permanente? ¿de la huella de pintura amarilla que dejé en aquella pared del Soho? ¿y del amor que les regalé a los turistas perdidos en el Empire?
Yo... me acuerdo muchísimo de ti, con demasiada frecuencia por desgracia, digo por desgracia porque te echo muchísimo de menos. Tanto que cuando pienso en todo otra vez tengo que detenerme unos minutos para darme cuenta de que no estoy allí, en ti, sino aquí, conmigo.
Me acuerdo de ellos, y cuando hablamos me doy cuenta de que ellos a mi también, y me recuerdan cosas que a mi se me han pasado por alto. Me cambiaron la vida. Me cambiaste la vida. Me hiciste ver que la felicidad existe, la felicidad plena y por eso sé cuando no soy feliz.
Ya...ya sé que te he comparado muchas veces con la libertad, aunque no haya sido explícitamente, pero es que no puedo dejar de hacerlo. Si, eres libertad. Cuando estaba allí, libertad. Cuando me fui, libertad. Y es una palabra bonita, pero lejos de cualquier término que podamos vulgarizar sin estar en nuestras pretensiones, es sentimiento. Algo abstracto, intangible. Como cuando gritas, libertad. Como cuando saltas las olas del mar en el primer baño del año, libertad. Como cuando sientes que todo a tu alrededor fluye al compás del viento, libertad. Como cuando no sientes vacío, como cuando sabes que esa noche no serás un saco de oscuridad. Libertad. Como cuando pisas la arena y sientes el fuego en los pies. Como un abrazo, como el nerviosismo incontrolable de las primeras veces. Como el miedo a lo desconocido. Como aprender a volar cuando aún no te han dado alas, como ver amanecer... tu amanecer. Tú, mi querida Nueva York, libertad.

    «Veo mucho potencial, pero está desperdiciado. Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas o siendo esclavos oficinistas. La publicidad nos hace desear coches y ropas. Tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos, no hemos sufrido una gran guerra ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo seremos, y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados».
    […]
    «No sois vuestro trabajo, no sois vuestra cuenta corriente, no sois el coche que tenéis, no sois el contenido de vuestra cartera, no sois vuestros pantalones. Sois la mierda cantante y danzante del mundo».
El club de la lucha

¿Cómo lo haces?

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"Para que tú me oigas seré el viento que hoy entra por mi ventana, y atronaré tus oídos en noches como hoy para que nunca más vuelvas a tenerle miedo al silencio. Nos imaginaré livianos y haré el camino más sencillo. Te inundaré los ojos de luz y conseguiré que tus dedos nunca dejen de acariciarme.
Para que tú me oigas te hablaré de todo, de nada, del tiempo que tuvimos, del tiempo que nos queda. Te imaginaré infinito y fotografiaré cada uno de tus gestos menos perceptibles en mi memoria. Te guardaré en mi mente, de donde nunca debiste salir. Cada noche te compondré; serás nueva melodía en mis yemas, siempre igual, siempre distinto. 
Para que tú me oigas no necesitaré hablarte. Para que tú sientas, yo me dejaré sentir. Para que tú respires, yo purificaré tu aire. Una a una uniré las líneas discontinuas de la carretera. Uno a uno coseré los kilómetros que separan mi ventana de la tuya, y una a una me comeré las nubes tristes que nublen tu mirada.
Para que tú creas, yo seré la fe de la que carezco. Para que tú caminaras hasta mí yo sería el asfalto mojado que acariciase tus plantas. Mediríamos las horas en latidos, los días en latidos, los años en latidos. Tus latidos. Mojaría las calles cada vez que tú necesitaras ese olor a principios de noviembre. Los veranos no serían tan cortos. Los inviernos no serían tan largos.
Para que tú rías yo seré risa. ¿De qué estarían hechas tus madrugadas? ¿Llegarías a sentir lo que siento? Te vería dormir solo para fotografiar el olor de tu piel al despertar. Ese momento en el que abres los ojos y simulas una sonrisa aún dormida. Sería el fuego que encendiera tus cigarros, el humo que saliera de tus pulmones. 
Para que tú me oigas sería tus oídos. Para que tú viajaras yo sería tu vuelo. Para que tú aprendieras yo sería letra. Para que tú vivieras yo... te daría mi vida."

Se busca inspiración, no importa que tenga el alma destrozada.

Soy una incomprendida. Alguien raro en un mundo de normales, o la única normal en un mundo de raros. Soy una de esas personas que se pregunta cosas que a la mayoría de gente le da igual, que concede importancia a algo que los demás ignoran, y que ignora por qué extraño motivo el mundo concede tanta importancia a determinadas cosas. También soy un poco loca, o considerando quizás la proporción en el mundo, los demás son los locos y no yo.

7 días

Saber reconocer el roce de unas muelas ajenas entre un millón de ruidos 
es algo para tener en cuenta, 
¿no? 

Domingos.



El lugar en el que absolutamente nadie tendrá lugar, ese lugar que tantos han destrozado antes. Ahí donde  me faltas.
El ruido me ha hecho estallar, el corazón solo me duele cuando late y me es imposible respirar rítmicamente. Cuando crees en las palabras, en las promesas, en las... personas. Cuando necesitas un gesto dulce que te haga sentir que tu vida es vida y darte cuenta que sabes querer como jamás lo hiciste. Odio el humo de los cigarrillos, el cielo gris, las noches en las que no me desgarras la piel y los ratos tan extremistas en los que por haberte sentido completamente feliz antes tengas que llorar hasta asfixiarte después. Cuando creo que puedo cambiar el mundo al hablar, que puedo conseguir no ser una más del rebaño controlado a distancia. Y no. Cuando creo llegar tan alto que nada puede impedir mi máximo gozo y me es más fácil echar culpas a los demás que mirarme en el espejo antes de salir de casa solo por miedo a buscar en mis ojos y encontrar lo que no me gusta, una devastación sobrecogedora. Lo siento.
Intento encontrar mi lugar entre mis dedos y tu pelo, me gusta imaginar la vida de cada persona que frecuenta la mía y autoconvencerme de que siempre (nos) irá bien. Quizá así pueda convivir con el último día de la semana.
Ese lugar en el que juntos dejo de pensar, dejo de dolerme, y deja de dolerme todo lo demás. Donde no hay espejos en los que mirarse y da igual si es cordura o esperanza. Donde se me queman las manos que venían heladas de fuera, donde dejo de sentir y créeme, donde dejo de ser humana. Donde me come el tiempo.

Pero... ¡rómpete conmigo!


Podía notar otra vez el palpitar desbocado de mi corazón contra las costillas y la sangre latiendo caliente y rápida por mis venas. Los pulmones se me llenaban de aire cada vez que sonreía  Era como si nunca hubiera existido un agujero en mi pecho. Todo estaba perfecto, no curado, sino como si desde el principio no hubiera habido una herida.

No hay manta, café... No hay nada ardiendo.


Las huellas dactilares no se borran de las vidas que tocamos.


No me acompaña una taza de té y si lo hiciera nunca sería negro. Lo que intentaba decirte el otro día cuando no te callabas era que te conozco mejor que tú a mi. No sé en que andarás ahora, pero supongo que si duermes el sonido de tu respiración inunda la habitación, de vez en cuando, al cambiar de postura, haces ruiditos con la boca como los bebés y tienes las piernas medio flexionadas.
De tus placeres, sé que te gusta el café con todo el azúcar que seas capaz de echarle, y si tiene espuma mejor. ¿Estación? Todas si es conmigo, decías. Pero para ti el invierno, que es frío y te gusta ir elegante. El resto no se lo voy a contar a nadie, no vaya a ser que se enamoren de ti.
Pero ahora mírate al espejo, párate a pensar un instante, recapacita en qué te has convertido. Hoy no puedo mirarte como alguna vez lo hice. Hoy no te conozco. ¿Amas con la misma intensidad? ¿Te han querido de la misma forma? Hazte estas preguntas que siempre has deseado y por miedo a la no respuesta que obtendrás jamás te hiciste. ¿Eres capaz de sentir? ¿Se te han vuelto a hinchar los pulmones tan rápido? Creo que deberías serte sincero por una vez y saborear que se siente cuando mandas todo a la mierda y explotas por todo lo que deseas. Y antes eras de los que arriesgaba.
Alguna vez me has dolido. Hoy me duelen tus ojos ajenos a la culpa. No sé qué eres, pero si sé lo que fuiste en algún momento y solo por todo aquello mereces volver a brillar.
Devuélveme todo lo que me has quitado. Ya.

La fragilidad de ser, por un momento, mortalmente infinitos.


No espero tu respuesta, pero hoy he decidido recordarte. Llevo casi un año sin prácticamente pensar en ti, si lo prefieres en tiempo reducido. Tal vez te estés preguntando miles de cosas, tal vez es lo que yo desearía... o seguramente no, ya que nunca leerás esto.
Qué niña era. Que delicadeza desprendía. Muchos días sin que te importase lo más mínimo, y aún hoy si cierro los ojos me veo saliendo de ese bar. Cuánta ingenuidad resbalaba por mi pelo, cuantísimas ganas escondían mis gafas de sol, y que mal las disfrazaba de indiferencia cuando, sin más remedio, tenía que mirarte. Era cuestión de tiempo. Lo sabía, y tú lo sabías también. Jamás pudiste disimular. No sabías disimular y tampoco queríamos hacerlo. Solo bastaba con ignorarte unas horas hasta el próximo asalto. Yo era una niña con ideas de presente claras y me daban igual las barreras que hubiera que destrozar para llegar al final. Y cuanto más intentabas aparentar normalidad hacia mi, yo más me arrimaba al calor de quienes eran frío para ti. Que bien guardabas la rabia, que bien lo hacías.
Me decías que era la típica princesita de cuento que hasta el movimiento rotatorio de la Tierra consigue marear. Y hoy te recuerdo y sonrío, después de todo. Yo, princesa que repugna el cuento. Princesa que necesita dormir. Princesa sin aguante extremo.
Aquella despedida a las 4:00 am, cuando te di las buenas noches y el temblor de tus manos sumado a que a penas me mirabas me realizaron por completo, te morías por un beso. Y así lo hice, pero no el que tú ansiabas en silencio. Cerré la puerta y me marché. Me fui a otro calor, aunque sabía que volvería a verte. Tengo lagunas de todo lo que pasó, pero recuerdo el sentimiento de protección que me provocabas. Podría haberme alejado y no dejarte correr ese riesgo, pero en realidad tampoco me planteaba pensar por nadie más que por mis pies.
¡Qué bien resbalabas! Qué bien te preparaste para mis ataques. Eras estúpidamente listo. Y mis ganas por que fluyéramos juntos crecían cuanto más me rehuías tú.
Veintialgo tarde. Que frialdad la tuya. Veintialgo noche. Mi pregunta de rigor, tu respuesta inesperada. La princesita había madurado. La princesita hablaba desde la boca de alguien que lleva esperándolo mucho tiempo. Te pedí que me abrazaras, y volví a ser princesita. Pero qué sinceridad había en tus temblores, en realidad enredabas mil hilos sin mi consentimiento. Estabas realmente guapo esa noche. Me cogías de la mano mientras yo hablaba con Madrid. Y tú me seguías agarrando con fuerza, a la dulce niña ilusa. Por algo me llamas estúpida. No quedaba nada para derribar mi muro aquella noche, tal vez esa habitación. Mis manos, tan inocentes, Durante un ligero pestañeo te sentí enorme. "Buenos días princesa" y demás cosas que no se sienten por la mañana. Pasaban los días y me enredabas sin yo darme cuenta, sin tú saberlo. Niña, me sentía mujer paseándome como si todo estuviera bien. Niña, no me llores, me decías. Niña, no me digas que me quieres. Niña, no me pidas que no te olvide...
Puede que fuéramos algo duros mutuamente. Frené. Te hice creer que lo que sentías no era sentir. Te hice creer que solo me habías sentido allí, únicamente. Te vi llorar, te vi romperte, me viste destrozada. Pero dio igual, porque te obligué a desfribilar la amistad de ese algo que sentías.

Me arrancaste la dulzura.


Mira que esperaba tu llegada, pero apareciste de la nada y me pillaste mirando al suelo.
Eras como una especie de super héroe, sin nada que hiciese adivinar que lo eras.
No todo el mundo que estaba allí pudo verlo.
Lo que tú haces encierra algún misterio. No te quise preguntar...
No eres de llevar capas, eres más de invitar a copas. 

Y después de tenerte tan cerca, delante y luego al lado, volvimos a casa pisando el asfalto, mientras miraba al frente, preguntándome cuánto había de real.

Es usted mucho más fuerte de lo que cree.





                

Definitivamente no es suficiente aparentar. No es suficiente ni es nada. No sirve. Hay que ser quien se es, y serlo lo mejor que puedas sin prejuicios, sin odio, sin considerar lo ajeno mejor que lo propio, sin necesidad de comparaciones constantes con lo que ocurre dentro de otras casas. Habrá veces, momentos, meses, temporadas, que las cosas no te permitan sentirte bien, ¿por qué? porque creamos expectativas idílicas que a su vez crean ilusiones en nosotros en nuestra mente frágil y pobre. Nosotros, los seres humanos, tan vulnerables por todo lo que nos rodea, por todo lo que, en realidad, nos hace ser, nos derrumbamos en cuanto esos ideales varían, cuando el corazón se desboca, el cuerpo se tensa y el cerebro no funciona bien. Si nos sentimos en peligro, reaccionamos atacando, aislándonos o huyendo, lo que impide que comprendamos a los demás y lo que imposibilita que éstos nos vean como realmente somos. Y damos importancia a todo menos a lo importante, que es tener muy presente que vivir es un asunto urgente.
Frases, tan comunes ya están muy oídas, muy repetidas y que intentamos buscar nuevas, para ser más originales, para ser únicos, que es a lo que tendemos inconscientemente.
Esas frases comunes como: Hablar para ser comprendido y escuchar para comprender. Conozco tu intención aunque no lo sepas. ¿Hijos de nuestra historia o esclavos de ella? Yo tengo razón, tú te equivocas. Tu rabia me aclara, tu ira me ciega. No me grites que no te oigo. Cuando estoy mal no esperes a que te lo cuente. El poder que hay dentro de ti. Por favor, necesito una dosis de risa. Una crisis es una oportunidad disfrazada...
Espero que lo ocurrido nos de una lección a todos, que nos demos cuenta de que es necesario ser más relativista con todo y que lo único importante, por encima de todo, es ser feliz seas lo que seas.

Y parece que solo cambiamos cuando vemos las consecuencias de no hacerlo. Jamás lo entenderé.


Te arranqué la dulzura, estúpida niña ilusa. Espero que aprendieras la lección.
Te arranqué la dulzura, estúpida niña ilusa. Espero que aprendieras la lección.
Te arranqué la dulzura, estúpida niña ilusa. Espero que aprendieras la lección.
Te arranqué la dulzura, estúpida niña ilusa. Espero que aprendieras la lección.
Te arranqué la dulzura, estúpida niña ilusa. Espero que aprendieras la lección.

"Pues si crees que es Él, dáselo todo, no le des celos ni le hagas sufrir porque en el fondo te gusta que siempre haya estado coladito por ti"
Un segundo muy corto después, una sonrisa inmensa, dando fe a esas palabras y sentir lástima por no tenerle cerca.

Criterio EGO.


Dos y media de la mañana. ¿No duermes hoy conmigo? El verano yéndose y yo aquí, aún con olor a sal y arena en las manos, aunque puedo decir que he sido feliz.
Dos y treinta y tres. Sabor de vodka con limón y recuerdos de esa noche un poco confusos, toneladas de tequila... y todavía me huele el pelo a tabaco.
Dos y treinta y cinco. ¿Todo ese frío? También estaba allí, ¿se desencajaron las olas? No me acuerdo.
Dos y cuarenta y uno. Pasar fugazmente de tener todo a no tener nada. Un encuentro eterno.
Dos y cuarenta y uno y cincuenta segundos. Mi cara empapada, otra vez.
Dos y cuarenta y siete. Supersubmarina sonando, me siento atada a los recuerdos, intento ensanchar la boca y sonreír ante la sonrisa triste de los... tristes recuerdos. Tengo frío.
Tres cero uno. Ahora que no me escuchas te grito que me sentí enorme entre esos labios que solo decían verdades. Madrid no será tan fácil.
Tres y seis. ¿Sobrenatural tu forma de encontrarme? ¿Cuándo? ¿Crees en mi?
Tres y dieciséis. Vuelvo a echar de más, a otros, de menos. Me encanta la velocidad. ¡Y gritarás y gritarás!
Tres y veintiuno. Pestañeo de un segundo, ¿té? Si, té con insomnio. Y dos manos subiendo una persiana al otro lado del cristal, quizá quiera despertar ya.
Tres y veinticinco y no estás, sigues sin estar aquí. La tirita y la cicatriz, la cordura que se desató, y la mentira más sincera. La antítesis total que nos mantiene cerca. Necesito un abrazo para dormir, abrazos que muy bien podían haber reventado más de una intuición. Se eso, la distancia que nos separó, se tú por mi.
Tres y media. ¿Y las noticias de tu pelo? Ese frasco de olor... se ha perdido en la levedad de mi cama, de mi colchón viejo.
Tres y treinta y tres. Me he vuelto loca.


...when you feel scared of darkness


Están poniendo "Arreglame la vida entera" en el espejo de tu cuarto de baño.


Ya no queda nada, todo se ha roto, hasta los esquemas que mejor explicaban la realidad. Todo. Qué miedo da que el tiempo pase tan deprisa, y todos esos recuerdos futuros que parecían tan reales pero que se han desdibujado en una hora, aunque me empeñe en que no sea así, es. Y el suponer que todo iba a continuar su curso era mucho suponer, suponer que la música iba a seguir sonando en estéreo por mis estanterías, que el verano no iba a tener este final. Un final tajante y sin posibilidad de cambio. Y que la luz volvería a ser luz, pero no puedo dejar de llorar, solo tengo frío y ganas de salir corriendo. No sé muy bien hacia donde.

Ojalá me quieras libre.


Sobre las seis al ir a sacar un folio para hacer un problema de química, esos de la tablita con reactivos y productos, he visto mi nombre escrito dos veces con unas letras preciosas. Ha sido inevitable acordarme de ese día, de ese momento, del no poder dejar de mirar como alguien dibujaba mi nombre en ese folio. Después ha vuelto el nudo a mi garganta al acordarme de todo. ¿Qué estarás haciendo ahora? No lo sé o no quiero saberlo y ¿llevarás puesta esa camiseta que tanto me gusta? ¿seguirás enfadado con el mundo por ir en tu contra? ¿habrás desayunado ese asqueroso café de máquina? No lo sé, llevo dieciocho horas sin saber de ti y no haces más que ponerme triste. Quizá ya no piensas que hacemos buena pareja, ¿llevas mi pulsera puesta? Yo la tuya si, aunque hoy te de igual. Ya, ya sé que muchas veces te comparo con la libertad aunque no haya sido explícitamente pero no puedo evitarlo. Si, eres libertad. Cuando estabas aquí, libertad. Cuando te has ido, libertad.
Libre. Qué palabra tan bonita, pero lejos de todo término que consigamos vulgarizar aún sin esta en nuestras pretensiones, es sentimiento. Algo abstracto. Como cuando gritas, libertad. Como cuando bailas entre las olas del mar, libertad. Como cuando no sientes vacío, como cuando no eres una caja de oscuridad, como cuando pisas la arena y te quemas a la vez. Libertad. Como el miedo a caminar sin ti, como ver amanecer... Tú, libertad.
Me pregunto si sabrás que me gusta recordarte aunque haga solo unas horas que no te veo, que solo escribo sobre personas que han dejado huella en mi y que tu huella es la más profunda. Y que ahora mismo estoy escribiendo sobre ti.

Hoy necesito hacerte muchas preguntas


¿Te acuerdas de las vacaciones? ¿De las olas que rompíamos sin rompernos? ¿De las fotos juntos aquel atardecer? ¿De las noches eternas juntos? ¿Te acuerdas de como ligaste conmigo haciéndote pasar por un desconocido? ¿Y de qué cara de tonta se me quedó? ¿Y de la respuesta que te dí y que te daría cada vez que me preguntaras? ¿Te acuerdas de la camiseta de las ardillas? ¿Y de tu jersey, ese que me queda tan grande? ¿Te acuerdas del arrebato de amor en Madrid? ¿Y de la fiesta de fin de año? ¿De todo lo que prometimos esa noche? ¿Te acuerdas de las torrijas de semana santa? ¿Y de lo pi que te volviste al comprar toda esa ropa? ¿Te acuerdas, mi amor, de la cantidad de besos que hubo ese día, cada día? ¿Te acuerdas de las despedidas en el ascensor? ¿Y de las cenas en el chino? ¿Te acuerdas de nuestra risa estallando al hacer un brindis con vasos llenos de lambrusco? ¿Y de los paseos por la Gran Vía, y por esa calle que nadie sabe como se llama? ¿Te acuerdas de lo feliz que te sentiste cuando te regalé una sesión de spa? ¿Y de esa canción que te pone tan triste, y de esa otra que te hace volver a la noche del concierto? ¿De la complicidad? ¿Del césped artificial? ¿Y de tantas como esa? ¿De nuestro gusano? ¿De las películas que sin querer hicimos nuestras? ¿Te acuerdas de los jueves? ¿De nosotros? ¿De la ilusión? ...

Cuando todo se enreda y se deshace.

La vida, sus idas y venidas, últimamente más idas. Si añades una V a esas idas y suprimes la S final ya sabes, Vida. La suya, toda su vida. Esa que controla solo ella. Te podías haber marchado antes, aunque lo feo no es que te hayas ido así, lo feo es que escuchas canciones que en su día ella te descubrió y que le siguen recordando a ti. Y pensarás que la esperaste y que ella desesperó entre tardes fugaces casi todas con lluvia. Que día a día se hacía de día en una ciudad vacía, que no era la tuya y la chica futura nunca sabrá que existió. Jamás se hablará de ella en la comida, y eso que a veces, cuando se pone el sol, apuesto todo a que pensarás en la vida que vas a perderte, en lo que nunca más volverás a sentir y que soñarás con ella más de una vez. Su torpeza residirá en haber conocido a personas que luego preferirá desconocer.
Estaba tan ilusionada contigo... yo la veía tan bien, tan feliz. Como nunca en mi vida. Y anoche me dijo que estaba viendo esa película, mientras hablabais en diferentes tonos, pero hasta que no salieron los créditos finales no se dio cuenta de que dos historias habían terminado a la par, como dolías anoche, como dolías anoche... aunque quizá así sea mejor. 
Qué complejos somos a veces, insensatos.

Yo cuidaré de ella.

Tu mundo... robó mis mejores escenas.



La nostalgia vuelve a ratos, unos días más frecuentes y otros menos. Las ganas de volver allí, a la semana sin preocupaciones, a las noches memorables y a los días interminables. La vida era estupenda, lo único que tenía que hacer en ese mundo era ir por ahí, inhalando y exhalando.
Había cedido, no hasta el punto que tú hubieses querido, pero si hasta el que yo jamás imaginé. Y después de los días ausentes y los reproches constantes te digo que esto no se nos ha quedado grande, que siempre serás quien eres cuando menos me lo espere, la persona adecuada para cuadrar mi caos, para responder mis besos. Y que yo seré quien nadie sabe, ese humo capaz de convertir la marea en aquel día tan inalcanzable, la dueña de tu equilibrio. No quiero que dejemos de ser para acabar en huida. Quédate.
El calor no solo sofoca, sino que dilata y a veces nos ensancha tanto que nos da por recordar. Si, los días de verano, aquí tú conmigo y allí yo contigo. Lo desearía una y mil veces, aunque sea una última vez por hoy. Me encantaría ver ese día con la puntualidad de los sentimientos que estiran el tiempo como si un amor de sal fuera a durar toda una vida, una despedida que no terminó ni terminará. Tendré que acostumbrarme, a lo mejor, a la impaciencia de que tú llegues siempre tarde y yo medio minuto después te sonría y viceversa.


Por ti, por mi, porque el mundo es nuestro.



Pero sé que mañana ya nunca podrás olvidarte de mi.

Amante y odiante de tu sonrisa.


No deberían permitir ideas tan descabelladas como crecer sintiéndome orgullosa de todos los pasos que he dado, de estar llena. La idea de hacer eternas cada una de las noches que hagan jirones de los miedos a los que vencí, venzo, o venceré. Ideas demasiado corrientes para alguien no tan corriente. No, ellas no deberían estar permitidas. O tal vez... quien no debería estar permitida, sea yo.


Brindo por unas vacaciones como las que siempre soñé.

Te he dejado en el sillón las pinturas y una historia en blanco.

Todo esto ya me suena. Esa luz que jugaba con mi pelo aquel verano... la misma que iluminaba mi futuro, la misma a la que, ya sin confianza en ella, ignoro. Y ayer por la noche tenía sueño, o quería tenerlo. Sueño rápido y vivo rápido. Espero lento y desespero, aunque tampoco sé el qué, cambios, algo etéreo quizá.
Y cuando vuelve a ser por la mañana me impaciento por preguntarme quién soy y qué quiero en mi vida, busco en mis aristas las respuestas de todas esas preguntas y grito en silencio su nombre, por si las paredes repletas de luz se lo hacen llegar. Supongo que sigo buscando mi solución en unos ojos ajenos, qué ilusa. Es como estar eternamente perdida entre detalles que nunca existirán ¡qué paralela va mi vida respecto al mundo! Necesito un cambio. Necesito mucho la playa, sumergirme en ella, convertirme en estrella de mar y transportarme a una isla desierta. Necesito no pensar, no cuestionarme todo, por lo menos unos eternos días. Creo que no estoy preparada para asistir a mi derrumbe total. Que alguien me pare.
Recuerdo que en algún momento llegué a ser infinitamente magnética que controlé el ritmo del minutero del reloj y ahora a penas puedo respirar, recordando la frase del gran Pucho, "aunque esta vez si no respiro es por no ahogarme". Me vale cualquier excusa para no reconocer que el miedo me puede. Miedo a cambiar, a no encajar, a no encontrar(le). Miedo a que se vuelen las respuestas que no encuentro, y a poder perder (sus) ojos cuando siento que me encuentro.

De verte aquí a mi lado, dejándote llevar.

El instante en el que me siento capaz de recorrer por entero un cuerpo. Y explotar en la más intensa libertad, allí mismo, sin esperar nada más, explotar de paz. Mezclarme con la pintura, la que define el brillo de cualquier farola a altas horas de la noche, la que oscurece las horas. Parar en seco y respirar, por fin, descalza por el suelo ardiendo y sentir el intenso calor oprimiéndome el pecho. El calor de verano, el único que consigue que al mirar la luna me haga recordar que la misma luz blanca que penetra en mis ojos lo hace por igual en aquellos otros que desde la otra punta del mundo se han sentido atraídos por ella. 
Quizá siempre tenga un lugar al que volver, algún abrazo que regalar, pero no puedo evitar sentirme atada a mi lugar de origen, por muy lejos que llegue a estar de él. Momentos en los que me convierto en aire y en partículas de bienestar flotando en el mar, mientras que los relojes de arena se agotan, se vacían midiendo sin cesión el tiempo correr. Ojalá pudiera añadir más arena a los relojes para estar más tiempo juntos. Retrasar el momento de irnos.
Que bien huele el verano. Cuando huele a casa al volver de vacaciones en septiembre, como a café con leche, y te acuerdas de tu refugio bajo la manta en invierno delante de la televisión.
Crecer. Eso quiero, vivir y vivir en mi y para mi. Y arañar la nada, y saber que hay días en los que soy lo que queda cuando no queda nada, aunque segundos después una sonrisa ajena pueda convertirme en éxtasis. Y así, como si fueras tú el que ha sido siempre. Lo dije, que no quiero un final feliz, solo quiero serlo. Y morir de ganas por que mis manos manejen su espalda, por que siempre tenga la ternura de mil y un abrazos, por que la energía de sus cosquillas sea el motor que conecte los mejores recuerdos, de los que ,algún día, me valdré para inventar mejores.


Nadie me dijo que el amor duraba para siempre, ni que la ilusión y las ganas por querer se mantenían en todo momento, ni si quiera que el gesto más simple como engancharse a la mano de la otra persona fuera bonito y cálido cada vez. Nadie, nadie excepto tú.


Felices 20, mi príncipe.




 Susurran:'chavalín,como nos gustan los números impares'
¡Uh!Superhermanas,siempre con ganas.



Hoy domingo. Hoy día con calor y sol de casi verano. Hoy con las ideas más que transparentes. Hoy, mundo.
No sé cómo hablar hoy, empezar por el principio desde siempre ha sido lo más corriente, pero esa misma corriente que pretende arrastrarnos a la normalidad es precisamente la que yo no quiero seguir, o por lo menos no ahora.
Hoy, hay quien de repente se ha quedado sin nada y le pesan las horas de soledad como si fueran de plomo, lágrimas que penetran hasta lo más profundo y no te dejan dormir por el dolor. Problemas. Problemas que ahora son los problemas de otros. Y ojalá alguien llegara a sentirse alguna vez como me siento yo. Madrugadas de sábado tristes, mañanas de domingo que intentan arreglarlas. Enorme, así me siento. O así me han hecho sentir mejor dicho, esos gestos inmensos que llegan cuando más falta hacen, sin esperarlos realmente.
Hoy me gustaría escribir textos en un solo párrafo, los más bonitos, los más dulces y los que mejor hagan sentir, pero todo esto es tan grande que soy incapaz de hacerlo. Ojalá alguien me entienda. Ojalá desde allí sepas entenderme, tú, que sabes leerme con los ojos cerrados. Tan oportuno. Siempre a tiempo. Y aunque muchas veces sienta perderme todo parece fácil, hoy si. Y creo que eres quien, sin tener por qué, intentas evitar mi caída, a distancia y sin ella, con sueño y sin él, con todo o con nada. Hoy. Soy la cantidad mínima de cualquier cosa pero tú me llevas de un extremo a otro sin dudar, de la lágrima a la sonrisa. Luego quizá y solo quizá se mezclen, y sea entonces cuando se pueda leer en mi cara la mejor definición de Felicidad.


Ríen. Bromean. Como una de esas parejas felices de estar juntos; de las que sueñan, para las que todo está aún por descubrir; de las que tienen un poco de miedo y un poco no. Como esa extraña sensación de cuando estás en la playa y hace calor. Te acercas al agua. Te metes dentro. Pero el agua está fría. A veces muy fría. En ese momento, hay quien lo deja correr y vuelve a tumbarse y a soportar el calor. Otros, en cambio, se sumergen. Y tan solo estos últimos, después de unas cuantas brazadas, alcanzan a saborear hasta el fondo ese gusto único y un poco extraño de la libertad total, hasta de sí mismos.
Ella, quien jamás supo defender que el amor te hacía feliz, que era algo por lo que merecía la pena luchar y reírse a carcajadas por haberlo conseguido. Quien jamás apostaría nada por nadie, quien harta de todo y de todos decidió dedicar el tiempo en sí misma. Esa que padecía ataques de independencia constantes, que no confiaba, que no cedía por confiar en nadie. Cero. Pero algo iba diferente al respirar ese aire, dolía menos al aspirar, podía manejarlo con más soltura. Y se acordó, en ese momento se acordó: 'deberíamos medir nuestro bienestar por todas aquellas personas que, salidas del más absoluto silencio, nos enseñan a gritar, a perder la cabeza. Solo por llegar a respirar a una de aquellas personas que logren desintegrar nuestro miedo, prejuicios y valores merece la pena exponerse al dolor. Dejarse romper.'
Él, quien supo desde el primer beso que no era terreno fácil, quien pensó que quizá después de tanta nube gris esos últimos meses no sería capaz de conseguir lo que en el fondo sabía que podía. Quien vivía con miedo de prácticamente todo, por pensar que si la mentira existía, y había existido ¿por qué no una segunda o tercera vez? Pero en ese momento también se acordó de algo: 'deberíamos medir nuestra vida por los momentos que nos llevan a la locura, que revientan nuestra cordura. Somos tan pequeños e insignificantes que no valoramos los instantes en los que el arte aplasta nuestra respiración, nos la roba, nos la entrecorta, nos la excita.'

Hay momentos que el amor vence verdaderamente sobre todo.


Me quema la hipocresía del mundo que me rodea, la forma tan elegante que tiene de vendernos porquería vestida con trajes de chaqueta y corbata a los que yo no tengo acceso. Me quema la mentira, desde mi absoluto desconocimiento acerca de aquello a lo que algunos llaman vida. Me repugna la flama de los mercados que tanto adoran los informativos, las deudas que pagan quienes menos culpa tienen del despilfarro, la ineptitud de quienes manejan lo que siendo nuestro, creen suyo. Pero lo que más me repugna es que yo estudio esta mierda que ahoga a quienes más quiero. ¿Tan cara es la verdad? ¿Tan peligrosa? Me incendio por intentar acercar la realidad a una sociedad cuyos ojos rara vez quieren mirar y dentro de la cual el ciudadano favorito de las autoridades es el idiota, es decir, quien anuncia con fatuidad "Yo no me meto en política". Y lo dice convencido, como si eso fuese posible, como si uno pudiera vivir en una sociedad política desentendiéndose de esa actividad, como si al renunciar a la política no fuese también una actitud política y por cierto, de las peores, porque cede a otros sin saberlo la capacidad de tomar decisiones sobre lo que antes o después va a afectarnos. Ojalá mis hijos no sean abrasados por la impotencia que se siente al admirar como, en ocasiones, para que ciertos opulentos naden entre litros de billetes, pequeños héroes de a pie, infaustos, desdichados, tengan que buscar sus zapatos en la basura. Quizá mi empeño sea censurado por en el camino pero eso no viene a cuento ahora.

Pasó de ser capricho a ser necesidad.



Tengo la teoría de que en el fondo siempre sabes cual es el final del camino. Por mucho que llueva mientras llegas, por mucho frío que pases, por la cantidad de lágrimas que puedas llegar a derramar, por muchos papeles arrugados con cartas absurdas que nunca llegaste a enviar y que se mojaron con esas lágrimas, por poco libre que te sintieras y deseabas con todas tus fuerzas sentirte así, por muchas copas que tomaras con las amigas, por muchos besos sin sentimientos que dieras, por muchos abrazos que te dieran con ganas de llevarlo hasta el extremo pero que no era el momento adecuado... En el fondo sabes que la recompensa elimina de golpe todo y el terreno se hace llano y repleto de flores rosas y sabes que ese lugar ya no tendría nada de especial sin él.

Recuerdo que al llegar ni me miraste. Fui solo una más de cientos, sin embargo fueron tuyos los primeros voleteos. 
¿Cómo no pude darme cuenta de que hay ascensores prohibidos, que hay pecados compartidos? Que tú estabas tan cerca. . . Me disfrazo de ti, te disfrazas de mi, jugamos a ser humanos en esta habitación gris. 
Muerdo el agua por ti, te deslizas por mi, jugamos a ser dos gatos que no se quieren dormir.
Mis anclajes no pararon tus instintos ni los tuyos mis quejidos. Dejo correr mis tuercas y que hormigas me retuercen. Quiero que no dejes de estrujarme sin que yo  te diga nada y que tus yemas sean legañas enganchadas a mis vértices.
No se que acabó sucediendo, solo sentí dentro dardos, nuestra incómoda postura se dilata en el espacio, se me hunde el dolor en el costado, se me nublan los recodos, tengo sed y estoy tragando, no quiero no estar a tu lado. Jugamos a ser dos gatos que no se quieren dormir.



Las cuatro patas de mi cama pueden llegar a soportar toneladas de bipolaridad. Sabemos que mueres de ganas de que acorrale con mis dientes los salientes de tus caderas. Y me suplicas que lo apague, que no son horas de fumar en la cama, en la misma cama en la que también me confesaste que tienes miedo de las luces y de que te deje caer, que me empieces a querer. 
Y esta antítesis total nos mantiene cerca.

Quiero que sepas que eres el culpable de que hoy me sienta extrañamente bien.





¿Por qué ibas a saberlo si no eres más que una de esas nubes que casi eclipsan al sol? Y que cerca estaba, que cerca estabas, que cerca estuvo. Qué cantidad de cosas podemos descubrir cuando cierras los ojos estando a oscuras, cuando jugamos a no ver. Perder la cabeza en instantes de máxima histeria supongo que es el mejor remedio para días de angustia. Las perspectivas que adoptas para mirar a través de esas puertas que nunca se abren, que nunca se abrían, que no solían hacerlo. Pero no quiero hablar de ti. De las noches. De cuando me sabes a jueves por la tarde, a eso de las ocho y diecisiete y no hay nada más. Arte que viste la piel que se desliza sin rozar el suelo. Y el cielo es enteramente suyo. No dejes de escribirme, por favor. No dejes que me consuma, no hoy. No dejes de golpearme con tus palabras, con esas con las que me creo ganadora de las nubes, de las que no eclipsan al sol, mi amor. ¿Y los autobuses? Los que merece, de vez en cuando, la pena perder por ver de cerca la libertad. ¿Quien te mintió y para qué lo hizo? ¿Qué sabrán de ti? Muchos pagarían por verte fallar, por tanto, mantente fuerte. Vuela y vuélame, cree ser cometa durante estas semanas, sin miedo. Yo te sigo.



Al poco tiempo de acabar tocaba hacer balance de los últimos meses: ha tenido sus altibajos, pero ha sido espectacular, dejando de lado este último mes, que ha estado a punto de ser el peor de mi vida en algunos sentidos. Pero cierta chica tuvo el gesto de dejarme folios y un abrazo envuelto en papel de regalo, así que hubo más capítulos que escribir en un mes que parecía ya sellado.


A.P.

Puedo.Puedes. Podemos.

Para ti, J:
Esos momentos decisivos son auténticas encrucijadas: cuando escogemos un ramal del camino sabiendo que no podremos volver atrás.Vivimos para esos momentos que, a su vez, definen nuestras vidas. Aprendemos quienes somos y lo que realmente nos importa. Luego, el 'secreto' será perseguir esos retos en lugar de evitarlos. Esa es la única forma de descubrir y explotar todos estros talentos. Desarrollar nuestra propia impronta personal permite que tomemos decisiones mejores, que tengamos confianza en nuestros instintos, y que sepamos que, sea cual sea el resultado, nos habremos fortalecido. Ese, para cada uno de nosotros, es nuestro personal secreto del éxito.

Garry Kasparov

El oxígeno también es lo que nos hace arder.

Es duro el no sentir. Es duro haberte esforzado tanto por querer, que hoy ni si quiera pueda aclarar todo lo que divaga por la cabeza, y está claro que no basta con querer. Ser incapaz de no ahogarte. Incapaz de creer. Tropezar día tras día con tus propios pasos y volver a hundirte, aunque no de cara al exterior. No ser capaz de sentir, de soplarle al viento que viene en dirección opuesta. El pasado duele y los verbos que algún día conjugaste en presente pensando que eran tu futuro, más. 
Todo lo que antes devoraba el fuego, hoy lo quemará el frío. Tantísimos trozos de un nada tan intenso que el miedo te paraliza y no te deja respirar. El no confiar en que puedas volver a todo lo que era de luz, en que puedas volver. No confías, eso es todo. 
Es duro sentir que no puedes sentir, que frenas cualquier impulso que pueda descolocarte. Es duro sentir que no sientes, que eres incapaz de volver a romperte por todo lo que te hacía ser así. Merece la pena en ocasiones, pero la reconstrucción no será fácil, ni agradable, incluso puede que flaquees de nuevo cuando tienes que ser fuerte. Quieres querer, pero eres incapaz de volver a verte en la misma basura a la que te llevaron unas ilusiones quizá infundadas. No te sobran fuerzas, porque no las tienes, quizá ahora, quizá solo de momento, quizá algo inspire el volver a tenerlas.
Ser insignificante a cada lágrima que cae, y los sentimientos a los que rehuyes te van haciendo cada vez más pequeña. Llevar a la espalda sacos rotos, los que llevaban los deseos a los que no les diste alas porque no te dieron tiempo. Tiempo... tiempo es lo que nos hace falta. Tiempo es lo que precisamente no tenemos. 
Duele. Algo dentro duele mucho, y no sé lo que es, no podría darle un solo nombre. Incapaz de llorar cuando más lo necesito si no estoy sola o con mi mayor confidente, porque no puedo volver a sumergirme en el caos de sensaciones: 'tan nihilista te has vuelto que ya no crees ni en la piel, tú, que antes idolatrabas las caricias'. Duele sentirte. Duele no poder arreglar todo en este mismo instante y darte cuenta de que realmente no ha pasado nada, que la vida no ha dado ese giro de 180º hacia el lado equivocado, hacia donde nada será como esperabas. No te ves capaz de volver al barro después de haber encontrado el camino correcto y haber llegado al punto álgido de la sonrisa perfecta. No, no te ves capaz, no en este momento. No puedes. Necesitas un impulso que te lleve lejos, que te detenga en lo más alto, pero que no te deje estrellarte contra el suelo. Impulsos como los de antes. Como los suyos.
Personas que son los descubrimientos más veraniegos de un invierno transformado en infinitud. Que ahora vives con el miedo de que puedan desaparecer y obligarte a morir de sed. Duele, saber que por un arañazo más a todas esas delicias serías capaz de encadenarte otra vez al dolor, pero de arañazos no se vive, y lo sabes muy bien. Pesarán los días, la espera, el silencio, la oscuridad, la soledad... Pesará mucho.
El momento en el que te ves encaminada hacia donde no iban tus principios, tus metas, tu forma de vida. El momento en el que conoces a alguien que te alimenta de fe, a ti, que no eres creyente, a ti que reniegas de todo. Cuando las lágrimas pesan, empañan cada cristal... te ahogan. ¡Qué miedo! Y cuantas ganas, cuanta ansiedad, cuanta necesidad de sentir otro caminar acompasado al tuyo, su caminar acompasado al mío. Y... esas posturas antagónicas de las que solo otros hablaban y que ahora están aquí, inmutables. Contra las que debo luchar.

Domingos por la tarde.

Desde fuera somos puntos en un espacio enorme. Cualquier cosa nos aplasta. Y tal vez no nos damos cuenta pero el tiempo nos gana a pulso, envolviéndonos en bucles de horas. Mientras tanto, muchos de nosotros, impulsados por buenas o malas intenciones somos incapaces de ver llover o de estar más de diez minutos tomando el sol. Tenemos que ganarle recorrido al reloj, desandar las prisas, asegurarnos de que disfrutamos de la oscuridad. De la oscuridad compartida sobre todo.
Mirar una foto y clavar los ojos hasta acordarnos de todas las sonrisas de ese día, de cada lágrima, y de si era de día o de noche. De las palabras que enseguida se fundieron con tu oxígeno, de la respiración que posiblemente lo hiciera con el de la otra persona. Qué complejos somos, insensatos. Queremos lo que no necesitamos y rara vez vemos por nosotros mismos que son nuestros actos los que manejan las pasiones de los demás. Nos provoca malestar físico todo lo que sentimos inalcanzable y sin embargo obviamos detalles como una mirada a cinco centímetros...
Deberíamos medir la vida por los momentos que nos han empujado a la locura, que han reventado nuestra mayor sensatez. Y medir nuestro bienestar por todas y cada una de esas personas que, salidas del más absoluto silencio, nos han enseñado a gritar, y lo siguen haciendo. Solo por esas personas que logran desintegrar nuestro miedo merece la pena todo. Dejarse romper.

Siempre me fui fiel.



Varias luces proyectadas tras el cristal de mi ventana, aún sentada delante de este montón de papeles,me pregunto si sigo soñando, si siguen andando mis pies al ritmo de las canciones que en estéreo envuelven todo. Y la verdad es que no iba buscando nada mientras andaba, ya no. Hasta ese día en el que me di cuenta de que él lo tenía todo. Se esforzaba mientras yo creía estar pasando el verano de mi vida. La mayoría de las veces yo era todo cordura pero él supo deshacerla mientras me enamoraba como una fan de su voz. Mientras pensaba que prefería recorrer la playa de su mano escuchando 'Someone like you' a dejar pasar el tiempo como si no pasara nada. "¿Le seguirán gustando los mismos colores?" Me pregunté mientras le hacía una foto a mi cara con aquel maquillaje tan horrible. Y después conseguí ser locura en esos brazos que me mantenían en el suelo de su habitación, en el portal, delante de esas viejas fachadas en la Gran Vía. . .
Si. Lo tenía todo. Me preparó cruasanes con mermelada mientras yo me tiraba a una piscina de fondo negro a las dos de la mañana. Y yo en ese momento era ilusión, él, un torrente de aire. Y fui de luz siendo él la luz. Aunque también llegamos a ser sombra a la vez... ¿cómo te explico? Me anclé a sus clavículas mientras gritaba con los ojos que no me dejara sola jamás, que seguía siendo fan de su voz y que si se acordaba de Madrid.


Momentos en los que todos tus principios se quedaron al sur de sus finales. Momentos en los que el norte lo marcan las yemas de otros dedos. Momentos en los que los vértices de uno son las cosquillas del otro. Momentos en los que la oscuridad brilla, retumba en nuestro pecho, estalla en las palmas de sus manos. Momentos en los que te expandes, en los que uno nunca es igual a dos. Momentos en los que naufragas, en los que a gusto te ahogas, en los que no existe ese tiempo que nos tiene presos. Momentos en los que muerdes la libertad, en los que no te apagas... porque hay algo que nos mantiene vivos, delirantes.


No te vayas a China, que allí no tienen cortinas como las que nos escondieron de todo lo demás.

Parece que fuera antes de ayer. . .

Y ella ya sabe lo que éste gesto significa . 

Ella. De mi mano desde que ni me acuerdo. Que la he visto crecer y se de ella lo que pocos, hoy o desde hace un tiempo me necesita un poco más cerca de lo normal.
Que lucha con garras y dientes por no decaer, por no perder el gesto por el que la reconocería entre un millón iguales a ella, que no duerme pero que hace por no tener sueño, que delira pero que hace por no volverse loca, que odia sin saberlo pero que hace por regalar cariño y que explota pero que hace por volver a inflarse. En realidad, siempre es culpa del aire. 'Hey soul sister', le diría antes de abalanzarme sobre ella para darle un abrazo y prometerle al oído que no me voy a ir nunca, que jamás estará sola en este mundo cruel. Y le diría, si es que tengo algo más que decirle, que si tiene que envidiar algo de por aquí, sería la juventud, pero no entendida como la belleza o energía potencial, ni siquiera como la falta de experiencia, sino como primer momento de nuestra vida en el que se nos impone una verdadera dictadura de intuición. A partir de ahí, no hacemos más que cagarla. Pero es fuerte, no se lo cree del todo y sigue mojando la almohada alguna que otra noche, aún así no pierdo la confianza en ella y sabe que las tornas darán un giro algún día no muy lejano.
Por cierto, el gesto del que os hablaba, por el que la reconocería entre un millón, es su sonrisa. ¡Qué vicio!


Te quiero, pelusa.

Preferiría morir mañana que vivir cien años sin haberos conocido.


ellas

Hoy estaba intentando comer unas fresas con nata, con el aspecto que tendrían en una foto de revista, y que cualquier otra tarde de domingo, como de costumbre, me hubieran producido náuseas, pero cuando el cielo, como el de hoy, solo es de nubes grises y te das cuenta de que está sonando una de tus canciones preferidas, hasta parece que tienes algo de hambre. Y de repente algo en mi o algo de fuera ha hecho que me sienta la chica más feliz del mundo. Después de eso me he preguntado si puede haber mejores personas a mi lado, a lo que he contestado unos segundos después que no. Que definitivamente no. Porque puedo coger mi cámara y hacer tantas fotos que me provoquen una felicidad momentánea tan perenne en mi que llegue a creer que no me hace falta nada más. Pero cuando menos lo espere vendría a mi la sensación de vacío y soledad, de momentos sin terminar y de cosas por compartir sin tener con quién hacerlo, a todas horas. Además de darme cuenta de que esas fotos que hubiera sacado no serían de ellas, de nosotras, de él conmigo... Me daría cuenta de lo innecesarias que son las fiestas sin tener con quien bailar, de lo absurdos que serían los parques si no tuvieras con quien cogerte de la mano y pasear por ellos, o sentarte en un banco a mirar la cantidad de gente que existe e intercambiar opiniones. Y no hablamos del sentido que tendría  un restaurante donde no puedas pedir mesa para ciento cincuenta personas, o de un estudio de fotografía en el que no haya fotógrafo ni modelos a las que inmortalizar. Porque ni mi iPod con canciones, ni mi libro de química, ni mis pantalones esos tan bonitos me darán un cariño si les pido un cariño, o un abrazo inmenso si les pido un abrazo inmenso, ni me pondrán los pies en el suelo cuando esté en la fase de abstracción de la realidad. Y mirando la lluvia, a la vez que pienso todo esto, me acuerdo de él, de ella, de ellos. También me viene a la mente la frase de Vetusta que dice "Al respirar, propongo ser quien ponga el aire". Y cuando me doy cuenta de que mi cuenco con fresas de revista se ha terminado y que el cielo parece ceder a que el sol me sonría un poco, vuelvo a pensar en lo insignificante que podría ser si no tuviera a los que tengo a mi lado. Dando lo que no tienen por verme feliz y matando mis pequeños ataques de nostalgia que me atormentan cada diez minutos y que soy incapaz de controlar. Y no se me olvida la decepción que otros me han producido, culpables de mi no entender casi continuo, gente de la que ya hablaba tiempo atrás diciendo que al menos un amigo en tu vida te va a traicionar y que las relaciones que no hayas forjado antes de los treinta serán ya simples conocidos.
Y con ellos en mente, con la sensación tan agradable del olor a tierra mojada y la grandeza de la música que suena me siento capaz de taladrar mil mentes para demostrar que, a pesar de todo, la felicidad es real y que las cosas pueden pasar. Que todo puede pasar si se tiene ánimo e ilusión. Y que nadie está solo. Nadie.

A los míos, los de verdad y los que comparten mis días... No se cuanto tiempo quiero pasar con ellos. Empecemos con un para siempre.

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