La chica del anillo, I.

J
Está bien, te contaré esa historia, pero tienes que estar muy callada para no distraerme y que así pueda acordarme de todos los detalles ¿de acuerdo?
Se encontraba en una habitación pequeña, sencilla, con paredes blancas y una puerta de madera con picaporte dorado. Era por la mañana, sobre las doce menos veintitrés, pero cualquiera hubiera apostado por las ocho de la tarde por la falta de luz. Estaba sentada en el borde de la cama, con la pierna derecha sobre la izquierda, con las manos un poco frías pero colocadas de manera cálida sobre las sábanas, éstas también blancas sin contrastar con la pared, pero con algún matiz en escala de azules básicos. Su pelo, algo alborotado por el viento de afuera caía sobre sus hombros tapando las solapas de la chaqueta americana negra que vestía. Sus ojos, de color marrón miel, desprendían brillo, sosiego y ternura, aunque en un plano general incluyendo su bonita sonrisa podrías adivinar que no estaba sola. Junto a su mano derecha podían apreciarse otros nervios, otras piernas, otras manos, otro cuerpo... No, no estaba sola.
El de los vaqueros oscuros era él, un chico de pelo oscuro, nariz definida y delicada, ojos negros como el azabache y unas pestañas largas y bonitas. En la mejilla izquierda tenía tres lunares formando un triángulo, y el conjunto de este segundo rostro acompañaba muy bien al de ella, aunque sus ojos parecían emocionados por algo, algo que no supe adivinar hasta mucho rato después.
Se apretaron muy fuerte la mano, se juntaron un poco más, se dieron un abrazo que parecía casi de despedida por la fusión que se creó entre ellos en fracción de segundo y se besaron, se besaron durante mucho rato, como los besos de los personajes de tus cuentos.
El álbum de fotos que él sujetaba en las manos se lo pasó a ella y le pidió que leyera las páginas. Y así, durante los casi treinta y tres minutos siguientes, miraron y leyeron ese álbum. Él le hacía alguna caricia de vez en cuando y ella, de reojo, le miraba para confirmar que no tenía ninguna intención de ahogar todas esas mariposas que sin saber cómo, brotaban de su estómago.

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Creo que ya es hablar por hablar, lo de explotar de felicidad resulta bastante pedante últimamente. El momento en el que formo(amos) parte de las luces de Navidad que van oscureciendo poco a poco las horas, y respiro contigo. Respirar, al fin. Sentir que, aún sin saber cuál es el camino correcto, no viajo desencaminada, sola, triste, hundida, gris. Nadie ha superado estos sentimientos y jamás nadie lo hará, nadie podrá crear la copia barata de todo esto. Morder la copiosidad de la nada. Rendir cuentas con las baldosas que voy pisando prometiendo a cada paso un beso más, una caricia más, un abrazo más, un regalo más... Éxtasis de algo similar a disolución de felicidad con sal o azúcar. Y a estas alturas lo más lógico es llegar a la conclusión de que lo sexy no son los labios en sí, sino su conversación y sus ansias de no sentirse solos nunca más.

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