¡Buenos días princesa!

"Me olvidaba decirte que tengo unas ganas de hacerte el amor que no te puedes imaginar, pero esto no se lo diré a nadie, sobre todo a ti. Deberían torturarme para obligarme a decir que quiero hacer el amor contigo no sólo una vez, sino cientos de veces, pero a ti no te lo diré nunca, solo si me volviera loco te diría que haría el amor contigo aquí, delante de tu casa, toda la vida".

Dormirás poco y llorarás más de la cuenta,

Es de noche, aunque para esta ciudad nunca llega a ser de noche del todo, tiene vida a todas horas, incluso a las y cuarto pasadas.Y pasadas pocas horas de sueño se hace de día, veo amanecer a través de una ventana, ahí, en medio de todo, formando parte de las vidas heterogéneas que componen la mañana, que le dan ajetreo, lentitud, olor, ganas, desilusión, pobreza, ánimo, interés, vida. He dormido poco y mal, muy mal, la almohada poco a poco va siendo un poco más mía, pero no puede haber cansancio, aquí creo que llevas el estrés de serie. Me esperan en algún lugar que todavía no sé como llamar, que con el tiempo iré domando y exigiendo ganas por estar en él, por demostrar, y en primer lugar, demostrarme, que puedo con todo y que no tengo límites en mi pequeña y poco amueblada cabeza. Para llegar voy en el tren subterráneo, traqueteando y lleno de muchas de esas vidas que componen la ciudad, ahora el tren también, donde describo a otros tantos, feos, guapos, malolientes, cansados, extranjeros, viejos, chinos, muchos chinos, malditos chinos, dominarán el mundo. Bueno a unas cuantas paradas hacia allá parece verse el final del trayecto, no deja de haber ruido en ninguna parte. Ahora ya veo caras conocidas, ¿que bien sienta, eh? ver que tantos como tú están también empezando de cero y también se alegran de verte, aunque no haya un saludo, hay calma interior "no estoy sola". Y por supuesto, llueve. El día transcurre, tanto en tiempo real como en historias que invento de las caras nuevas a mi alrededor pensando quienes podrán ser y que les ha llevado a estudiar lo mismo que yo. La desconocida de ojos saltones del primer día, ya tiene etiqueta de amiga, y vuelve a haber calma interior, "no estoy sola".
Acaba la jornada, y la vuelta a casa es parecida a la venida, salvo que ahora tengo un porcentaje mayor de agobio por haberme dado cuenta de todo lo que aún no sé, y debo saber. Y llego a la casa, que poco a poco va siendo mi casa.
La tarde entre esquemas mentales y organización de papeles y agendas va tirando, hasta que dan las y cuarto pasadas, el momento más esperado del día, de tantos días atrás que por fin se ha hecho posible, los besos en esta ciudad, no sé como me lo imaginaba desde fuera y sin saber lo que me esperaba aquí, pero es delicioso y no hay placer mayor que pasear por estas aceras con sus dedos entrelazados con los míos viendo su mejilla derecha por el rabillo del ojo cuando ya no llueve a través de una luz entre nube y nube, salvando el amor. El ruido sigue conmigo, y con él, y con todos aquí, es así, estamos vivos, no lo podemos evitar.

Y sé que un día sin más no existirá otra ciudad, porque no la hay.

En realidad, solo eres un puntito diminuto en el universo.

Al hablar conmigo las innumerables veces, al rozar mis tímpanos con cada palabra que sale de tu boca, con cada mirada que me infla pro dentro, con tanto de tanto habrás podido apreciar que jamás he tenido intención de hacer daño a nadie y menos a ti. Por contra nosotros dos si hemos sentido dolor por culpa de otros.
Ya estamos a mediados de agosto y estoy deseando empezar mi nueva vida, en la que de ninguna manera puedes faltar y sé que no tendré que echarte de menos, tampoco sé quien ni por qué decidió que debías estar en ella. Lo cierto es que has sido mucho más que un añadido y mucho más que algo por lo que querer abrir los ojos cada mañana. Tampoco sé en que momento me di cuenta de que necesitaba a alguien como tú a mi lado para ser feliz, tampoco sé en que momento me convencí de que sin tu compañía me sentiría muy vacía en la mayoría de momentos. Si te prometo que me he estado acostando dando gracias por tenerte durante meses y meses, creételo.
¿Te acuerdas... "había un vacío inmenso que has ido llenando a ritmo afortunadamente acelerado, me has salvado, eres tú quien me ha devuelto la ilusión, la confianza, eres a quien me quiero atar para no separarme nunca..."?
Aunque a veces no entiendas lo que has sido y eres para mi. Lo que necesitaba todo esto, todo este cariño, tus mimos, tus miles de abrazos, esos en los que encajo milimetradamente, y pienso, que afortunada. Y ya ves, he llegado a pensar que el mundo es un poco menos malo porque existes. Y ya está, ya estoy aquí, en ese punto al que ansiabas que llegase, al "no quiero que puedas vivir sin mi". A veces muerta de miedo por si un gesto o palabra puede hundirnos y romper toda la grandeza que hemos arrastrado hasta aquí.
En realidad, solo eres un puntito diminuto en el universo, pero desplegado en mi cuerpo has llegado a ser todo lo que me completa. Mi inmensidad, y la inmensidad de los dos.
Gracias porque todavía tengo momentos de confusión, de no poder creer todo esto, y si, después de tanto tiempo. 

¡CONSEGUIDO!


Días raros. Días en los que les hubieras dado una patada a todo ese montón de hojas y te hubieras olvidado del camino que cada día te llevaba a ese mismo lugar. Han sido días, meses. Años. Los mejores años de mi vida si hago balance, supongo, aunque hay quien sabe que solo unos meses han hecho falta para cambiar todo. No puedo evitar que mis ojos se empañen cuando pienso en la cantidad de cosas que he aprendido allí. Si sé escribir, derivar o hacer torpemente un problema de genética es porque allí me han enseñado. Pero no solo eso... no solo sé resolver un problema matemático o redactar un texto expositivo-argumentativo, también sé pensar en los demás antes de actuar. Yo, en parte, he crecido ahí dentro, entre esas paredes. Cada baldosa de ese colegio me ha visto saltar, tropezar, aprender y levantarme. Se quedan muchos años de mí en las juntas, en el marco de cada puerta. Estoy tremendamente orgullosa de ser lo que soy, gracias a todo lo que haya podido pasar ahí dentro. Es difícil volver la vista atrás y quedarte con algo, porque han pasado tantas cosas que con los dedos de mis manos no me dan ni para grabar a fuego a penas un par de momentos. El tiempo ha pasado a una velocidad tan vertiginosa que me da vértigo asomarme a su borde para observar los momentos desde arriba, desde fuera. Fuera. Quién lo diría. Tantos años madrugando, tantos años tomando la misma carretera, el mismo autobús, los mismos escalones. Y hoy le he dicho adiós a todo eso. A los recuerdos. A mi vida como estudiante a ese nivel. Tenía ganas de que todo acabase, de salir por fin, de liberarme, de sentirme preuniversitaria. Y así es como me siento, feliz porque he afrontado una etapa de mi vida de una forma satisfactoria, a ratos, pero esa dulzura hoy se mezcla con la melancolía, con un sabor un poco amargo al recordar todo eso, que por otra parte no es más que tiempo. 16 años. Se dice pronto. Se me hará raro el no ver las mismas caras todos los días, la sonrisa de algunos por mucho sueño que tengan, los bostezos de otros, incluso las miradas de indiferencia de los menos cariñosos. Todo. Las aglomeraciones por los pasillos, las aulas desordenadas. Si he de ser sincera tengo miedo a enfrentarme a ese gran cambio, mucho miedo, porque han sido tantos años con la misma gente, sintiéndome arropada por todos aquellos que se interesaron por conocer a ese niña medio rubia que un día pisó ese colegio para dejar allí parte de su inocencia. Debo dar las gracias a quien quiso que yo hoy saliera de él, por ponerme en el camino de todas esas personas que han pasado por mi vida, algunos sin hacer ruido, otros haciendo que no puediera atender a otra cosa que el estruendo de sus miradas al reflejarse en la mía. Peronas que un día subieron a ese tren conmigo, que fueron bajando en cada parada. Personas que hoy sin ninguna duda afirmo que no se bajarán de él, que me acompañarán en cada estación por muchas vueltas que pueda dar ese tren. Aún sigo siendo esa niña infantil que jugaba en los recreos, solo que ahora en vez de mancharme las manos de polvo, me mancho las mangas de tinta azul. Gracias a todos aquellos que en algún momento de mi trayectoria creyeron en mi, a quienes no han dejado de hacerlo. Gracias a aquellos que en estos últimos años me han puesto piedras en el camino, porque me enseñaron a valorar a quienes me las quitan. Gracias, porque aunque sé que allí tengo un huequito, una parcela que será mia y de nadie más. Hoy, definitivamente...

Adiós.

Lo puedo ver en tus ojos.


Alguien que me preste su chaqueta en los días más fríos y esté dispuesto a perderse conmigo en las playas más paradisíacas del mundo. Alguien que me despierte con miles de besos en la mejilla y un “buenos días princesa” susurrado al oído. Alguien que me de atardeceres mágicos y largas noches de pasión, que disfrace mis días malos, y viva mis sonrisas. Que me saque la lengua cuando me enfado y que me haga enmudecer con un simple beso. Alguien que no pueda seguir su camino sin sostener mi mano y que no le guste verme llorar. Que no tenga reparo en pasarse una noche entera mirándome y que cuando mire a otra me guiñe un ojo y se ría de mis celos de acero. Alguien que no de por hecho que siempre voy a estar ahí, pero que tampoco lo dude. Que me mire, y le mire y se nos agite el corazón. Alguien que esté enamorado de mí y me lo recuerde todos los días y alguien que esté totalmente seguro de que desea pasar el resto de su vida a mi lado. Un amor que sea el amor de mi vida. Una historia de amor con la que sueñe todo el mundo.
Él.

Nunca más aquella vez.


Esta tarde me he dado cuenta de que quiero hacer muchas cosas, tener una vida llena de primeras experiencias y vivencias, de que quiero alcanzar grandes metas teniendo el cielo como límite, hasta romperlo con las uñas, que quiero triunfar en lo que quiera que llegue a ser algún día y que soy una acaparadora en cuanto a soñar y fantasear. Hasta ahora poco de todo esto lo he llevado a la práctica, y está bien lo de querer, pero obviamente, con querer no basta. Nadie lo va a hacer por mi.
Ya basta del no hacer más que abrir la boca para pedir y quejarme. Cuando hablo de lo feliz que soy, a veces, suele ser felicidad camuflada.
Entonces le miro, tengo que hacerlo. Y pienso en la envidia que me da, a pesar de no soportar envidiar a alguien. Siempre potenciando al máximo sus capacidades, siempre obteniendo lo mejor, siempre, espero, haciendo lo que le gusta, y debe ser satisfactorio pensar que tu vida ha merecido la pena hasta el momento, que ha sido algo de provecho. Entonces, otra vez entonces, me apena que en ciertos momentos no se de cuenta de la cantidad de grandeza que lleva dentro, de las virtudes y geniales cualidades que le hacen ser alguien envidiable y estupendo. A lo mejor no hay tanta distancia entre envidiar y admirar.

¿Sabéis? No tenemos derecho más que a una vida, solo una para hacer todo aquello con lo que soñamos, para dejar marca donde pensemos que perdurará, en alguien, o en muchos. Y en realidad, aquí donde me veis, me es bastante difícil confiar en mis semejantes, en la existencia de personas eternas, y mientras tanto y por siempre espero poder seguir evaporándome entre las letras de esa canción a la que no sé todavía por qué no le han cambiado el título y le han puesto su nombre. Si, que el resto del mundo siga pensando lo que le de la gana, creo que todavía (ni nunca) han entendido por dónde me meto sus conjeturas. Hay que esforzarse por conseguir lo que se quiere, sin excusas y sin infravalorarnos. Queda muy poco para mi primer paso con éxito e infinitos para todo lo que está por venir.
Prometo que él ya tiene garantizado ser el protagonista de al menos uno de esos emotivos momentos, que cuando se recuerdan hacen esbozar una de sus mejores sonrisas sin apenas darse cuenta. Ahí, en el susurro embriagador de las buenas novelas, en las historias que parecen estar escritas solo para mi.


Hoy por ti, mañana también por ti.

J
Eres... [...]
Eres todo aquello aún no inventado que me dibuja libre. 


                                                                   Y las calles se vuelven playas si tú las andas. Todo es por ti.

Pensamiento de cualquier momento sin ti:

J

Intenté olvidarlo pero no hubo trato, tampoco hechos que demuestren que no pasara, no obtengo respuesta al por qué de este universo tan inmenso y brillante que se va abriendo ante mi, a mis álgidos momentos de felicidad, desde hace un tiempo casi todas las respuestas están en tu piel, en ti. Ojalá sigas a mi favor, ojalá no pare, no descanse, ojalá no pare de echarte de menos, ojalá no descanse la extensión de las comisuras de mi boca hasta llegar a la sonrisa más detonante. Y mira que largo es ese para siempre, pero por suerte nunca paramos a la vez. 
"...para que sepas de mi."
Cada vez que me veo abajo, débil, sola, triste o cada vez que me veo arriba, fuerte, dulce, acompañada, CONTIGO. Cada vez que retomo el camino, sea la dirección que sea, tropiezo contigo.
Tengo claro que de la suerte solo puedo hablar yo, y los demás deberían ponerle otro apodo. Quien no te tenga de esta manera no es digno de hablar de fortuna, felicidad, grandeza, amor o satisfacción de la misma forma que yo.

A la deriva, pero nunca sin ti.

J

"Me pierdo persiguiendo lo que parecía, tierno dulce, transparente..."
Desengáñame otra vez, sácame de la publicidad barata de las películas de amor imposible, de las habladurías de la gente sobre su falso amor, trae a mi las noches que tanto me gustan, vuelve a mírame a los ojos como si nunca los hubieses visto, como si nunca te hubieses visto reflejado en ellos ni los hubieses inundado de lágrimas de felicidad, y dime que jamás volverás a desvestirme con ellos, que he perdido y que es el tiempo quien ha ganado, como con el resto. Que no seremos más que un recuerdo cada día más borroso,  huellas en la arena de aquella playa que nuevas olas no dejan de borrar. Dime que jamás me dirás que no fui tanto para ti, que nunca fui tan importante, que en realidad, puede que ni llegases a sentirme. Dime todo eso una y mil veces más. Jamás lo creeré.

¿Hoy dónde estoy?



No han sido buenos días. Ha sido un día largo, de horas infinitas llenas de ruido, con permiso para fluir sin que nadie viniera a calmar el ajetreo. Hoy no ha habido ruedas que giraban por impulsos positivos, dibujos decorando mis apuntes, palabras de ánimo para conseguir lo que tanto tiempo llevo esperando. Hoy el mundo me supera.
Recaigo, el miedo me paraliza, me hace daño, necesito alguien que me insufle las ganas que hoy se me han vuelto a perder. ¿Y mis buenas noches? ¿Serán hoy buenas noches? Me parece que no.
Hacía mucho que no tenía, pero hoy vuelven las bajadas en las que no me creo lo que dicen que soy (que puedo llegar a ser). No, definitivamente hoy no.
Después de todo, hay canciones que siguen hablando de mi, versos que hablan por mi,lágrimas que demuestran lo impotente que me siento por tener a mi otra mitad tan lejos...
...el signo de exclamación que sigue a cada grito y no parece que tenga intención de irse.

Tu pasado murió hace mucho.

Anoche volviste a sentir el quemazón ¿verdad?, volviste a no soportar que sea él, mi perfecta simbiosis, quien congele mis relojes, quien me de las infinitas posibilidades en mi sueño hecho realidad donde puedo ser la protagonista, donde no hay odio ni maltrato, ni miradas desafiantes, ni lágrimas de dolor, donde soy una desconocida para ti, donde en otro tiempo decías quererme cuando solo decías dolor. Si, una noche más me perdiste y desaparecí para ti, veías como me iba del bar sin mirar atrás, viendo como eran otras manos las que me sostenían, las que me daban libertad. Una noche más tu angustia y ansiedad por haber perdido toda posibilidad, sin pedir permiso, ganado a pulso, de nada, pero sin que se me acelere la respiración soy capaz de gritar "vete a la mierda".
No dejaste tiempo a que la sensación de soledad te invadiese, no dejaste que las heridas se cerrasen como te pedí, no dejaste tiempo para llorar por haberme perdido por vivir y darle prioridad a tu vida mediocre. Y creo que esa es la razón de tu infelicidad, la falta de tiempo que no tomaste para darte cuenta de que abandoné tu recuerdo para siempre.
No puedo describir lo que provocan domingos como estos, de cansancio mental acumulado, de ganas de salir corriendo para no volver jamás, no volver a sentir soledad, no volver a tener tiempo para pensar demasiado, poder mirar a mi alrededor y llenarme de recuerdos, de deseos tantas veces incumplidos, de ganas por tocar el cielo cada noche y escribir con la yema del dedo lo feliz que soy con mi vida de ahora, importándome NADA lo que te pueda doler. Tú ya me doliste bastante.
Y ya solo necesito su risa, su forma de morderme el labio inferior, su triángulo de lunares en la mejilla o su fantástica capacidad de no dejarme caer nunca. Sus buenos días, sus mejores noches, sus susurros, su forma de pronunciar mi nombre, sus enfados de fracción de segundo, su música, sus manos, su grandeza por hacer de Madrid mi ciudad preferida, su amor.
Una vez más es domingo, y una vez más, me gustaría que no formaras parte de nada, ni siquiera del más mínimo pensamiento que puntualmente pueda tener pensando en todo eso que no quiero pensar.

Hasta nunca.


...que los minutos de silencio sea porque estemos besando.

Hoy escribo con rabia de color blanco congelado como la nieve, solo porque no estás aquí. Te echo de menos. Muchísimo de menos. Escribo por necesidad rompiendo a llorar hacia dentro, mordiendo cada segundo, lanzando gritos ahogados con tu nombre como referencia... Me muero de ganas por tocarte, por acariciar tu mejilla izquierda a la vez que te doy un beso cálido y suave, y después inundarme en tus ojos, profundos, ansiosos por hablar y porque la luna que nos esté gobernando en ese momento deje de centrarse en mi y te empape durante el tiempo (ojalá infinito) que tardes en recorrerme.
Hoy estallo en sonrisas recordando todo como si nunca hubiera pasado, como si aún fuera el sueño que una vez tuve aquella tarde de lluvia, no, no dejas de doler cuando estás lejos, de hecho cada vez es peor. Vivo con la necesidad casi continua de decirme que no me equivoqué, que la conexión era real, que todavía hoy y espero de corazón que siempre, cuando te acuerdas de mi te siento tan cerca que me asusto, así, si, recordándome a cada ratito que no te has ido, que jamás lo harás y que si en algún momento de mi vida tengo la terrible idea de olvidarte, justo en el instante anterior a desaparecer volverás a pellizcarme devolviéndome a la realidad, a esta nuestra perfecta realidad.

La chica del anillo, II.

J
Una vez confirmado lo de las mariposas y resueltos los abrazos siguientes él parecía tener algo más, aunque fue un momento tenso para ella porque no entendía a que se debía tanta ilusión por regalar algo que él mismo había comprado. Ella seguía sentada en el mismo sitio de la cama, en la misma habitación, rodeada por las mismas paredes de gotelé blancas, no se había quitado la americana negra, su pelo seguía despeinado y no había cesado el frío de sus manos. Aunque no todo estaba igual, él no estaba sentado a su lado, había ido a buscar, a su parecer, las llaves de un piso en Gran Vía o los billetes para un viaje a Roma, el corazón le latía muy deprisa, no paraban de pasársele ideas descabelladas por la cabeza, tampoco podía controlar la risa nerviosa, la incertidumbre. De repente oye su voz desde fuera pidiéndole que cierre los ojos, 'qué típico', pensó, pero no era tan típico para ella sentirse así. Volvieron esas fracciones de segundo en las que le daba tiempo a repasar una especie de lista creándose en ese mismo momento de cosas interminables que no dejaría de hacer con él por nada del mundo, pensándolo interiormente, más nerviosa aún esperando la sorpresa. Si ella supiera... algo que no estaba en su lista repentina, algo que nadie hizo por ella nunca, algo que, por descontado, no era algo típico en la vida real, algo que marcaría un antes y un después. Una vez más.
Se retira su brillante pelo del hombro, se lo ahueca un poco, se frota las manos para templarlas, descruza las piernas, respira hondo y sonríe. Suena el picaporte junto con su maravillosa voz, piensa, advirtiendo de que no puede abrir aún los ojos. Ambos esbozan una sonrisa, él por saber todo lo que vendrá, ella por curiosidad y por ganas de alargar un poco más esa sensación de que todavía significa mucho para alguien después de todo.
Le pide que abra los ojos, ella los abre lentamente. Y ya está. No hay más llaves que las del piso en el que se encuentran, ni papeles que digan ser billetes de viaje, ni una correa para un perrito, ni un Serie 1. No.
Abre los ojos y le ve a él, al chico que le ha prometido el cielo y una copa de champán cada luna llena, en el suelo, de rodillas, con una cajita pequeña azul marino sellada con la firma de Agatha en blanco marfil y que contiene algo que supera su desconcertante lista. Tiene un anillo. No se lo cree, se lleva las manos a la boca y las lágrimas saltan a los carrillos de la cara. E precioso, de plata, en la parte superior tiene circonitas que brillan con su propia luz, por la parte de los brillantes es más ancho que por el resto del dedo y eso lo hace mucho más especial.
Él desliza el anillo por su dedo anular derecho, que por un momento pensó ser el de pedida, pero era pronto, de momento lo selló con la frase, o con la pregunta de "¿Quieres estar conmigo para siempre?", a lo que ella contestó, "Si, por supuesto que quiero".
Entre lágrimas, caricias, risas, promesas, abrazos, sensaciones que solo se conocen rozando esos labios (por si alguien lo intenta, nadie más podrá) y un apretón de manos se consumieron durante toda la tarde. Ella volvió a tener un pensamiento fugaz, "Nosotros, los que aún rotos aprendimos a amar con cada pedazo, los que aprendieron que encontrarse en otros ojos era saberse perdido para siempre..., no quiero algo si no es a su lado".

Él jamás pertenecería a ninguna lista. Nada podía compararse con lo que sentía por él. Quería pasar toda la vida a su lado.

La chica del anillo, I.

J
Está bien, te contaré esa historia, pero tienes que estar muy callada para no distraerme y que así pueda acordarme de todos los detalles ¿de acuerdo?
Se encontraba en una habitación pequeña, sencilla, con paredes blancas y una puerta de madera con picaporte dorado. Era por la mañana, sobre las doce menos veintitrés, pero cualquiera hubiera apostado por las ocho de la tarde por la falta de luz. Estaba sentada en el borde de la cama, con la pierna derecha sobre la izquierda, con las manos un poco frías pero colocadas de manera cálida sobre las sábanas, éstas también blancas sin contrastar con la pared, pero con algún matiz en escala de azules básicos. Su pelo, algo alborotado por el viento de afuera caía sobre sus hombros tapando las solapas de la chaqueta americana negra que vestía. Sus ojos, de color marrón miel, desprendían brillo, sosiego y ternura, aunque en un plano general incluyendo su bonita sonrisa podrías adivinar que no estaba sola. Junto a su mano derecha podían apreciarse otros nervios, otras piernas, otras manos, otro cuerpo... No, no estaba sola.
El de los vaqueros oscuros era él, un chico de pelo oscuro, nariz definida y delicada, ojos negros como el azabache y unas pestañas largas y bonitas. En la mejilla izquierda tenía tres lunares formando un triángulo, y el conjunto de este segundo rostro acompañaba muy bien al de ella, aunque sus ojos parecían emocionados por algo, algo que no supe adivinar hasta mucho rato después.
Se apretaron muy fuerte la mano, se juntaron un poco más, se dieron un abrazo que parecía casi de despedida por la fusión que se creó entre ellos en fracción de segundo y se besaron, se besaron durante mucho rato, como los besos de los personajes de tus cuentos.
El álbum de fotos que él sujetaba en las manos se lo pasó a ella y le pidió que leyera las páginas. Y así, durante los casi treinta y tres minutos siguientes, miraron y leyeron ese álbum. Él le hacía alguna caricia de vez en cuando y ella, de reojo, le miraba para confirmar que no tenía ninguna intención de ahogar todas esas mariposas que sin saber cómo, brotaban de su estómago.

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Creo que ya es hablar por hablar, lo de explotar de felicidad resulta bastante pedante últimamente. El momento en el que formo(amos) parte de las luces de Navidad que van oscureciendo poco a poco las horas, y respiro contigo. Respirar, al fin. Sentir que, aún sin saber cuál es el camino correcto, no viajo desencaminada, sola, triste, hundida, gris. Nadie ha superado estos sentimientos y jamás nadie lo hará, nadie podrá crear la copia barata de todo esto. Morder la copiosidad de la nada. Rendir cuentas con las baldosas que voy pisando prometiendo a cada paso un beso más, una caricia más, un abrazo más, un regalo más... Éxtasis de algo similar a disolución de felicidad con sal o azúcar. Y a estas alturas lo más lógico es llegar a la conclusión de que lo sexy no son los labios en sí, sino su conversación y sus ansias de no sentirse solos nunca más.

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