16, fiera.


Estoy en ese momento de la vida en el que te das cuenta... no. En ese momento en el que comprendes a la perfección la realidad. Que no hay nada más que los intereses de los demás pisándote los pies y tienes que sobrevivir a ellos. Y los tuyos a pocos les importa. Afortunadamente los míos les importan a bastantes y esos pisotones, sobre todo desde hace un tiempo, suelo esquivarlos con elegancia. Estoy en ese momento de la vida en el que una mano para ayudarte la ves como aguarrás a través de tu garganta. Y cuanto más te esfuerzas por respirar más llueve, pero es cuestión de saber elegir y llevarte la mano buena.  Llevarte la mejor parte y saber aprovecharlo. Estoy en ese punto en el que he conseguido distinguir quién es real y quién no lo es, quien me ofrece palabras sinceras y quién intenta hacerme daño con el disfraz de una sonrisa. Mi interior es un revulsivo de agitación y pasión por las cosas que amo o debería amar, y una indiferencia y decepción con gran parte del mundo que me rodea. Pero solo eso, casi. Quiero poder llegar a lograr tantas cosas que estoy segura de que toda una vida no me será suficiente. Pero él me ha prometido que lo será, que haremos juntos de esto un lugar utópico. A veces me gustaría parar el tiempo. Tener otro tipo de tiempo. Tiempo para no medir el tiempo. Enamorarme de las cuerdas de una guitarra, del sonido de las teclas de un piano,  de la vida que llevo, de una voz como su voz, dios mio, su voz, es perfecta. Todo él es perfecto. Lo adoro. Y hoy puedo decir que es así. Lo he conseguido. Estoy en ese momento de la vida en que, atendiendo como niño a caramelo, me admiran por afrontar cada día con alegría, con ganas y con optimismo. Saber reírme de mí misma, guiñarle un ojo a quien no me sonríe en el espejo y encontrarme con él inundando mis ojos. Estoy en ese punto del camino en el que importa poco a dónde ir porque cualquier dirección sería correcta, porque hoy nuestras manos tienen fuerzas, hoy aprietan. Soy tan idealista que me gustaría gritarle a quien todavía no me haya escuchado, que me da asco esa gente y su descaro para salvar su piel en pos de aquellos a los que se llevan por delante, pero me tiembla la voz. ¿Cobarde? Quizá, pero sin duda, franca. Porque en esta vida hay verdaderas maravillas de las que mis manos, diminutas e insensatas, han logrado ser partícipes. Y la grandeza de todo esto, la satisfacción y agradecimiento por poder ser quien soy sin miedo alguno se lo debo, en gran parte, a él. Gracias por haberme salvado.
Lo de no hablar no duró; al poco tiempo ya no podía hacerte callar. Pero estabas encantador intentando impresionarme con esa historia y tus grandes planes. Yo no tenía ni idea de lo que hablabas, pero no podía evitar que me gustara escucharteEn ese momento... me enamoré de ti.

Vamos a bailar entre las sábanas y a olvidar que somos esclavos del reloj.



Azul. Llevo azul en las uñas, como si alguien fuera a fijarse en eso. Me voy de ese diciembre tranquila, sabiendo de antemano que este 2012 será una de las mejores cosas que me han podido regalar, pero no lo quiero sin él. Porque... ¿no os fascinan esas cosas que no os esperabais y que son exactamente lo que ibais buscando? A mi si. La grandeza de un amor completamente paralelo al resto. Hablo de él como si fuera a consumirse en este mismo instante, y perdonad mi osadía pero tengo a la mejor persona del mundo a mi lado.
Miro fijamente al techo de mi habitación desde la cama y llueve a oscuras. Y te imagino conmigo bajo la inmensidad de tu paraguas, abrazados, juntos. La oscuridad de hoy me pesa, no veas cuánto. El tiempo ha vuelto a hacer de las suyas, y eso me mata. Aunque me quedaré con aquello que dibujaron las diminutas partículas de arena pegadas en las plantas de mis pequeños pies en esa playa que no llegamos a pisar. Lo que descubrimos con el frío y la música de noviembre. Cuando el frío la hizo tan grande que parecía que nos iba a ahogar y rompimos a reír. Yo desde mi habitación me embriago de tristeza y felicidad al ver que las diminutas gotitas se resbalan por el cristal de mi ventana. Y sonrío. Ya quedaron atrás los días de calor, de preocupaciones, de libertad estival. Ahora la lluvia nos trae responsabilidad y nos aleja, parcialmente, de la locura. Confieso que nunca había tenido tantas ganas de que llegaran los días de frío y cielos grises como ahora, como hoy. El frío se lleva los días de sol con él pero nos deja noches de pasiones sin gravedad en tu colchón, entre tus sábanas. Hacer magia con el frío. Estoy deseando volver a salir y ponerme mis bufandas y abrigos, de que se me hiele la mano en tu mano. Ganas de mojarme bajo esa lluvia por haber olvidado el paraguas en casa y saltar en cada uno de los charcos de Madrid. Qué estupendo Madrid cuando llueve. Y los abrazos que somos capaces de darnos en cualquier calle. Los besos en las grandes avenidas por las que cientos de coches pasan veloces a nuestro lado y no reparan en nuestros besos. Conseguir ser invisibles por un eterno y efímero instante. ¿Dónde estabas todo este tiempo atrás?
Cuídame aunque no te lo pida y mientras todo ocurre, solo quiéreme. Un ratito solo, porfi. Y el ratito son 5 horas.

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