De verte aquí a mi lado, dejándote llevar.

El instante en el que me siento capaz de recorrer por entero un cuerpo. Y explotar en la más intensa libertad, allí mismo, sin esperar nada más, explotar de paz. Mezclarme con la pintura, la que define el brillo de cualquier farola a altas horas de la noche, la que oscurece las horas. Parar en seco y respirar, por fin, descalza por el suelo ardiendo y sentir el intenso calor oprimiéndome el pecho. El calor de verano, el único que consigue que al mirar la luna me haga recordar que la misma luz blanca que penetra en mis ojos lo hace por igual en aquellos otros que desde la otra punta del mundo se han sentido atraídos por ella. 
Quizá siempre tenga un lugar al que volver, algún abrazo que regalar, pero no puedo evitar sentirme atada a mi lugar de origen, por muy lejos que llegue a estar de él. Momentos en los que me convierto en aire y en partículas de bienestar flotando en el mar, mientras que los relojes de arena se agotan, se vacían midiendo sin cesión el tiempo correr. Ojalá pudiera añadir más arena a los relojes para estar más tiempo juntos. Retrasar el momento de irnos.
Que bien huele el verano. Cuando huele a casa al volver de vacaciones en septiembre, como a café con leche, y te acuerdas de tu refugio bajo la manta en invierno delante de la televisión.
Crecer. Eso quiero, vivir y vivir en mi y para mi. Y arañar la nada, y saber que hay días en los que soy lo que queda cuando no queda nada, aunque segundos después una sonrisa ajena pueda convertirme en éxtasis. Y así, como si fueras tú el que ha sido siempre. Lo dije, que no quiero un final feliz, solo quiero serlo. Y morir de ganas por que mis manos manejen su espalda, por que siempre tenga la ternura de mil y un abrazos, por que la energía de sus cosquillas sea el motor que conecte los mejores recuerdos, de los que ,algún día, me valdré para inventar mejores.


Nadie me dijo que el amor duraba para siempre, ni que la ilusión y las ganas por querer se mantenían en todo momento, ni si quiera que el gesto más simple como engancharse a la mano de la otra persona fuera bonito y cálido cada vez. Nadie, nadie excepto tú.


Felices 20, mi príncipe.




 Susurran:'chavalín,como nos gustan los números impares'
¡Uh!Superhermanas,siempre con ganas.



Hoy domingo. Hoy día con calor y sol de casi verano. Hoy con las ideas más que transparentes. Hoy, mundo.
No sé cómo hablar hoy, empezar por el principio desde siempre ha sido lo más corriente, pero esa misma corriente que pretende arrastrarnos a la normalidad es precisamente la que yo no quiero seguir, o por lo menos no ahora.
Hoy, hay quien de repente se ha quedado sin nada y le pesan las horas de soledad como si fueran de plomo, lágrimas que penetran hasta lo más profundo y no te dejan dormir por el dolor. Problemas. Problemas que ahora son los problemas de otros. Y ojalá alguien llegara a sentirse alguna vez como me siento yo. Madrugadas de sábado tristes, mañanas de domingo que intentan arreglarlas. Enorme, así me siento. O así me han hecho sentir mejor dicho, esos gestos inmensos que llegan cuando más falta hacen, sin esperarlos realmente.
Hoy me gustaría escribir textos en un solo párrafo, los más bonitos, los más dulces y los que mejor hagan sentir, pero todo esto es tan grande que soy incapaz de hacerlo. Ojalá alguien me entienda. Ojalá desde allí sepas entenderme, tú, que sabes leerme con los ojos cerrados. Tan oportuno. Siempre a tiempo. Y aunque muchas veces sienta perderme todo parece fácil, hoy si. Y creo que eres quien, sin tener por qué, intentas evitar mi caída, a distancia y sin ella, con sueño y sin él, con todo o con nada. Hoy. Soy la cantidad mínima de cualquier cosa pero tú me llevas de un extremo a otro sin dudar, de la lágrima a la sonrisa. Luego quizá y solo quizá se mezclen, y sea entonces cuando se pueda leer en mi cara la mejor definición de Felicidad.


Ríen. Bromean. Como una de esas parejas felices de estar juntos; de las que sueñan, para las que todo está aún por descubrir; de las que tienen un poco de miedo y un poco no. Como esa extraña sensación de cuando estás en la playa y hace calor. Te acercas al agua. Te metes dentro. Pero el agua está fría. A veces muy fría. En ese momento, hay quien lo deja correr y vuelve a tumbarse y a soportar el calor. Otros, en cambio, se sumergen. Y tan solo estos últimos, después de unas cuantas brazadas, alcanzan a saborear hasta el fondo ese gusto único y un poco extraño de la libertad total, hasta de sí mismos.
Ella, quien jamás supo defender que el amor te hacía feliz, que era algo por lo que merecía la pena luchar y reírse a carcajadas por haberlo conseguido. Quien jamás apostaría nada por nadie, quien harta de todo y de todos decidió dedicar el tiempo en sí misma. Esa que padecía ataques de independencia constantes, que no confiaba, que no cedía por confiar en nadie. Cero. Pero algo iba diferente al respirar ese aire, dolía menos al aspirar, podía manejarlo con más soltura. Y se acordó, en ese momento se acordó: 'deberíamos medir nuestro bienestar por todas aquellas personas que, salidas del más absoluto silencio, nos enseñan a gritar, a perder la cabeza. Solo por llegar a respirar a una de aquellas personas que logren desintegrar nuestro miedo, prejuicios y valores merece la pena exponerse al dolor. Dejarse romper.'
Él, quien supo desde el primer beso que no era terreno fácil, quien pensó que quizá después de tanta nube gris esos últimos meses no sería capaz de conseguir lo que en el fondo sabía que podía. Quien vivía con miedo de prácticamente todo, por pensar que si la mentira existía, y había existido ¿por qué no una segunda o tercera vez? Pero en ese momento también se acordó de algo: 'deberíamos medir nuestra vida por los momentos que nos llevan a la locura, que revientan nuestra cordura. Somos tan pequeños e insignificantes que no valoramos los instantes en los que el arte aplasta nuestra respiración, nos la roba, nos la entrecorta, nos la excita.'

Hay momentos que el amor vence verdaderamente sobre todo.


Me quema la hipocresía del mundo que me rodea, la forma tan elegante que tiene de vendernos porquería vestida con trajes de chaqueta y corbata a los que yo no tengo acceso. Me quema la mentira, desde mi absoluto desconocimiento acerca de aquello a lo que algunos llaman vida. Me repugna la flama de los mercados que tanto adoran los informativos, las deudas que pagan quienes menos culpa tienen del despilfarro, la ineptitud de quienes manejan lo que siendo nuestro, creen suyo. Pero lo que más me repugna es que yo estudio esta mierda que ahoga a quienes más quiero. ¿Tan cara es la verdad? ¿Tan peligrosa? Me incendio por intentar acercar la realidad a una sociedad cuyos ojos rara vez quieren mirar y dentro de la cual el ciudadano favorito de las autoridades es el idiota, es decir, quien anuncia con fatuidad "Yo no me meto en política". Y lo dice convencido, como si eso fuese posible, como si uno pudiera vivir en una sociedad política desentendiéndose de esa actividad, como si al renunciar a la política no fuese también una actitud política y por cierto, de las peores, porque cede a otros sin saberlo la capacidad de tomar decisiones sobre lo que antes o después va a afectarnos. Ojalá mis hijos no sean abrasados por la impotencia que se siente al admirar como, en ocasiones, para que ciertos opulentos naden entre litros de billetes, pequeños héroes de a pie, infaustos, desdichados, tengan que buscar sus zapatos en la basura. Quizá mi empeño sea censurado por en el camino pero eso no viene a cuento ahora.

Pasó de ser capricho a ser necesidad.



Tengo la teoría de que en el fondo siempre sabes cual es el final del camino. Por mucho que llueva mientras llegas, por mucho frío que pases, por la cantidad de lágrimas que puedas llegar a derramar, por muchos papeles arrugados con cartas absurdas que nunca llegaste a enviar y que se mojaron con esas lágrimas, por poco libre que te sintieras y deseabas con todas tus fuerzas sentirte así, por muchas copas que tomaras con las amigas, por muchos besos sin sentimientos que dieras, por muchos abrazos que te dieran con ganas de llevarlo hasta el extremo pero que no era el momento adecuado... En el fondo sabes que la recompensa elimina de golpe todo y el terreno se hace llano y repleto de flores rosas y sabes que ese lugar ya no tendría nada de especial sin él.

Recuerdo que al llegar ni me miraste. Fui solo una más de cientos, sin embargo fueron tuyos los primeros voleteos. 
¿Cómo no pude darme cuenta de que hay ascensores prohibidos, que hay pecados compartidos? Que tú estabas tan cerca. . . Me disfrazo de ti, te disfrazas de mi, jugamos a ser humanos en esta habitación gris. 
Muerdo el agua por ti, te deslizas por mi, jugamos a ser dos gatos que no se quieren dormir.
Mis anclajes no pararon tus instintos ni los tuyos mis quejidos. Dejo correr mis tuercas y que hormigas me retuercen. Quiero que no dejes de estrujarme sin que yo  te diga nada y que tus yemas sean legañas enganchadas a mis vértices.
No se que acabó sucediendo, solo sentí dentro dardos, nuestra incómoda postura se dilata en el espacio, se me hunde el dolor en el costado, se me nublan los recodos, tengo sed y estoy tragando, no quiero no estar a tu lado. Jugamos a ser dos gatos que no se quieren dormir.



Las cuatro patas de mi cama pueden llegar a soportar toneladas de bipolaridad. Sabemos que mueres de ganas de que acorrale con mis dientes los salientes de tus caderas. Y me suplicas que lo apague, que no son horas de fumar en la cama, en la misma cama en la que también me confesaste que tienes miedo de las luces y de que te deje caer, que me empieces a querer. 
Y esta antítesis total nos mantiene cerca.

Quiero que sepas que eres el culpable de que hoy me sienta extrañamente bien.





¿Por qué ibas a saberlo si no eres más que una de esas nubes que casi eclipsan al sol? Y que cerca estaba, que cerca estabas, que cerca estuvo. Qué cantidad de cosas podemos descubrir cuando cierras los ojos estando a oscuras, cuando jugamos a no ver. Perder la cabeza en instantes de máxima histeria supongo que es el mejor remedio para días de angustia. Las perspectivas que adoptas para mirar a través de esas puertas que nunca se abren, que nunca se abrían, que no solían hacerlo. Pero no quiero hablar de ti. De las noches. De cuando me sabes a jueves por la tarde, a eso de las ocho y diecisiete y no hay nada más. Arte que viste la piel que se desliza sin rozar el suelo. Y el cielo es enteramente suyo. No dejes de escribirme, por favor. No dejes que me consuma, no hoy. No dejes de golpearme con tus palabras, con esas con las que me creo ganadora de las nubes, de las que no eclipsan al sol, mi amor. ¿Y los autobuses? Los que merece, de vez en cuando, la pena perder por ver de cerca la libertad. ¿Quien te mintió y para qué lo hizo? ¿Qué sabrán de ti? Muchos pagarían por verte fallar, por tanto, mantente fuerte. Vuela y vuélame, cree ser cometa durante estas semanas, sin miedo. Yo te sigo.



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