En una calle de Madrid.

Un beso. Uno solo no. Otro y otro más. Manos entrelazadas, ojos que se buscan y encuentran espacios y panoramas nuevos. Esa vez, momento único que desearías que no acabase. 
Descubrirse, vulnerables y frágiles, curiosos y dulces. 
Una explosión.

Vamos a metabolizar la vida desde la cima del optimismo.

Un día te das cuenta de que las cosas vuelven a cambiar, amiga. Se acabó el mirar con sentimentalismo y melancolía a los días pasados, ya que gracias a ellos somos lo que somos, y porque ya es hora de cambiar y sonreír, pero con sonrisas de verdad, las de escaparate no me valen. Quiero sonrisas como las que me producen los días de lluvia, esos días en los que pasada la tormenta huele a tierra mojada. Vamos a ponerle una banda sonora distinta a cada amanecer, a cada paso que demos a partir de hoy, y vamos a entornar los ojos para hacer nuestro todo aquello que por estar demasiado cerca nuestros sentidos no ven, no oyen, no huelen y lo más importante, no tocan. Desde ahí arriba, desde el positivismo, el recorrido es más llevadero; estoy segura de ello aunque nunca lo haya probado. No desperdiciemos ni un solo segundo de nuestro tiempo porque lo que hoy es hoy, mañana será ayer. Somos jóvenes e inmortales, no lo olvidéis nunca, pero la inmortalidad es tan efímera como aquellos atardeceres veraniegos, así que hagamos un chocolate caliente con ella. Cada día, cada paso. Kamikaze pero jóven. Joven pero sensata. Me quedo con el sabor de esa última noche, ¿vosotros? Contádmelo en abril.

Como actores entre bambalinas.


En ese caso ¿qué haces para sentirte mejor? A mi, de momento, me consuela saber que dentro de muy poco podré abrir el cajón de las bufandas y que mi nariz empezará a formar parte del hielo cada mañana. Además en esos días de invierno te sientes como en una obra de teatro, el ambiente lo pide y tú aceptas. Si te fijas suele haber charcos en el suelo después de una larga e intensa tarde de lluvia y las noches se alumbran con pequeñas luces de colores. Sientes como el gran foco de luz blanca apunta hacia ti para cederte prioridad ante otros, y vuelves a ceder. Las grandes avenidas se llenan de gente, ruido y coches. Lo divertido o íntimo de esto es que puedes pasear de la mano con quien quieras y por donde quieras. Nadie va a sorprenderse, ya que sois vosotros los protagonistas de la obra, en la cual no habrá telón para anunciar el comienzo o el final, de eso nadie se preocupa, quedáis ocultos bajo el cartel de "nosotros somos luz y ellos están ciegos". Es tan solo una forma de sentirse e instantes en los que alargas al máximo cada suspiro en las subidas de felicidad, como actores entre bambalinas después del acto que acaban de interpretar mejor de lo que pensaban, lo saben por la intensidad de los aplausos que escuchan, en tu caso, o  en mi caso lo sabes por la intensidad que tengan los besos que te acaban de regalar.
Entonces esos días de frío, esos días en los que te has sentido tan bien, se quedan en ti para siempre. Y quizá algún día se olviden, pero por el momento son para siempre.

Deja que el viento la lleve por toda la ciudad.

Vuelvo a escribirte, aunque la carta de hoy es la más especial de todas, la de hoy está fechada a veintinueve de octubre. Exactamente hoy hace un año de la noche en la que dejé de ser todo lo que era para convertirme en lo que soy. Un año de la noche en la que me cambiaste un beso de alguien inolvidable por toda tu esencia, por toda tu realidad.
Desde entonces todo, en parte, ha ido mejor. Me he equivocado en infinidad de cosas pero otras muchas han salido perfectas y se que de no haber recorrido tantos kilómetros aquel día esto no hubiera sido así jamás.
Aquellos diez días fueron de los mejores que recuerdo, de hecho pocas veces me he sentido tan bien como entonces. Hoy escuece cada uno de los recuerdos y me producen instantáneamente unas ganas inmensas de volver. No cambiaría nada de aquel viaje, nada en absoluto.
Te echo de menos, igual que echo de menos todo lo que tiene que ver con tus baldosas, tus ruidos, tus mejores vistas, tus paseos, tu muchedumbre. Todo.
Ahora que ya ha llegado el frío los días empiezan a ser más largos y el cielo últimamente está nublado así que esto empieza a parecerse al cielo rojizo que me dejabas ver cada atardecer.
Siempre pienso, junto con los demás que también te echan de menos, que sería magnífico que pudieran ser reversibles todos y cada uno de aquellos días en Nueva York.


Volveré, te lo prometo.

Pd: Happy Halloween.

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