.
“Y fue en aquella ocasión en la que empecé a pensar en Thomas Jefferson escribiendo la Declaración de la Independencia, diciendo que todos tenemos derecho a vivir, a ser libres y a buscar la felicidad. Y pensé en cómo supo poner la palabra "buscar" ahí en medio, como si nadie realmente pudiera alcanzar la felicidad, como si sólo pudiéramos buscarla…”

Vaho en los cristales

Enciende la radio y apaga todo lo demás.
Oscuridad. Suspiros repentinos. Manos que se cruzan, divertidas, un beso y una camisa que resbala. Un cinturón que se abre. Una cremallera que baja despacio, muy despacio. Un salto. En la oscuridad pintada de oscuridad. Felices de estar allí. . .
Oscuridad hecha de deseo, de ganas, de ligera transgresión. La más suave, la más deseable. Coches que pasan veloces por la carretera. Faros que iluminan como un rayo y desaparecen. Ráfagas de luz que dibujan bocas abiertas, deseos suspendidos, alcanzados, quizá cumplidos, ojos cerrados, segundos después abiertos.
Y más y más.
Como entre nubes. Pelos alborotados y asientos incómodos. Manos que proporcionan placer. Bocas en busca de mordiscos y coches que continúan pasando, tan veloces que nadie tiene tiempo de reparar en aquel "amor" que sigue el ritmo de una música al azar, procedente de la radio. Y dos corazones acelerados que no frenan, a punto de chocar.

Martes

No, no me cuentes eso a mi, no te atrevas ni a... así no es como se trata a una amiga, por muy perturbada que esté tu cabeza las cosas no se pueden definir así, sin más.
¿Besándome los sábados por la noche? ¿Agarrando mi mano, los días entre semana, cuando voy caminando por la calle y la estiro hacia atrás? ¿Tener planes para dos cada domingo?
Se que tienes miedo, pero defiendo que todo el mundo debe arriesgar y quererse y los dos sabemos que nos queremos.
No sé que ha sido del tímido roce de tu nariz por los distintos rincones de mi cuerpo ni de los pasos de astronauta por cada uno de mis lunares. Ya nadie agarra mi mano cuando voy caminando por la calle y la estiro hacia atrás. Nadie pasea conmigo, agarrados, como dos niños perdidos que no se deben separar.
Ya no hay domingos en mi calendario, nadie abraza mis abrazos después de comer. ¿Dónde ha quedado que no sea el helado quien se derrite, sino nosotros al compartirlo?
Yo tenía horario para la televisión, era jueves y viernes a partir de las 23:30, dime que han cambiado las horas, o los días, porque hace mucho tiempo que no la veo. . .

Bienvenido, otoño.

Y con las primeras ráfagas de frio llega el color amarillo mostaza del otoño, me gusta mucho esta estación, quizá no tanto como me gusta él, pero aún así me gusta. Últimamente le doy poca importancia a ese sonido molesto del reloj, es algo así como un tic-tac que se repite en silencio que parece marcar el tiempo que ya no está. Tiempo que, en mi caso, ha sido derrochado en cosas insignificantes, cosas pequeñas, cosas vanas...
Quizá haya manera de recuperarlo, y de prometer cosas que vayan a cumplirse, pero no lo se. Tampoco se como recibir al otoño, si de manera que ese tic-tac se oiga solo de vez en cuando y sea yo la que esté al otro lado sonriendo y sabiendo que ese sonido está perturbando la cabeza de otros o permanecer en silencio escuchándolo.
Él quiere su tiempo, yo necesito mi tiempo, pero prometo que en cuato pueda le llevaré a un lugar en el que el mundo nos quede muy lejos y nos podamos besar. Ese día alomejor no llega, pero el día de hoy ha llegado y quizá en este mismo instante esté dormido, me jugaría lo que sea a que tiene la pierna derecha estirada y la izquierda un poco flexionada, lleva exactamente 76 minutos en esa posición y quizá esté invadiendo un pequeño hueco entre sus sueños. Jamás lo sabré.
También sé como es el olor de su piel los días que se le olvida echarse colonia, días como los de hoy por la tarde, días cualesquiera, días de otoño.


No te vayas, no me dejes, ahora no, ¿vale?

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