¡CONSEGUIDO!

0:00


Días raros. Días en los que les hubieras dado una patada a todo ese montón de hojas y te hubieras olvidado del camino que cada día te llevaba a ese mismo lugar. Han sido días, meses. Años. Los mejores años de mi vida si hago balance, supongo, aunque hay quien sabe que solo unos meses han hecho falta para cambiar todo. No puedo evitar que mis ojos se empañen cuando pienso en la cantidad de cosas que he aprendido allí. Si sé escribir, derivar o hacer torpemente un problema de genética es porque allí me han enseñado. Pero no solo eso... no solo sé resolver un problema matemático o redactar un texto expositivo-argumentativo, también sé pensar en los demás antes de actuar. Yo, en parte, he crecido ahí dentro, entre esas paredes. Cada baldosa de ese colegio me ha visto saltar, tropezar, aprender y levantarme. Se quedan muchos años de mí en las juntas, en el marco de cada puerta. Estoy tremendamente orgullosa de ser lo que soy, gracias a todo lo que haya podido pasar ahí dentro. Es difícil volver la vista atrás y quedarte con algo, porque han pasado tantas cosas que con los dedos de mis manos no me dan ni para grabar a fuego a penas un par de momentos. El tiempo ha pasado a una velocidad tan vertiginosa que me da vértigo asomarme a su borde para observar los momentos desde arriba, desde fuera. Fuera. Quién lo diría. Tantos años madrugando, tantos años tomando la misma carretera, el mismo autobús, los mismos escalones. Y hoy le he dicho adiós a todo eso. A los recuerdos. A mi vida como estudiante a ese nivel. Tenía ganas de que todo acabase, de salir por fin, de liberarme, de sentirme preuniversitaria. Y así es como me siento, feliz porque he afrontado una etapa de mi vida de una forma satisfactoria, a ratos, pero esa dulzura hoy se mezcla con la melancolía, con un sabor un poco amargo al recordar todo eso, que por otra parte no es más que tiempo. 16 años. Se dice pronto. Se me hará raro el no ver las mismas caras todos los días, la sonrisa de algunos por mucho sueño que tengan, los bostezos de otros, incluso las miradas de indiferencia de los menos cariñosos. Todo. Las aglomeraciones por los pasillos, las aulas desordenadas. Si he de ser sincera tengo miedo a enfrentarme a ese gran cambio, mucho miedo, porque han sido tantos años con la misma gente, sintiéndome arropada por todos aquellos que se interesaron por conocer a ese niña medio rubia que un día pisó ese colegio para dejar allí parte de su inocencia. Debo dar las gracias a quien quiso que yo hoy saliera de él, por ponerme en el camino de todas esas personas que han pasado por mi vida, algunos sin hacer ruido, otros haciendo que no puediera atender a otra cosa que el estruendo de sus miradas al reflejarse en la mía. Peronas que un día subieron a ese tren conmigo, que fueron bajando en cada parada. Personas que hoy sin ninguna duda afirmo que no se bajarán de él, que me acompañarán en cada estación por muchas vueltas que pueda dar ese tren. Aún sigo siendo esa niña infantil que jugaba en los recreos, solo que ahora en vez de mancharme las manos de polvo, me mancho las mangas de tinta azul. Gracias a todos aquellos que en algún momento de mi trayectoria creyeron en mi, a quienes no han dejado de hacerlo. Gracias a aquellos que en estos últimos años me han puesto piedras en el camino, porque me enseñaron a valorar a quienes me las quitan. Gracias, porque aunque sé que allí tengo un huequito, una parcela que será mia y de nadie más. Hoy, definitivamente...

Adiós.

You Might Also Like

0 pegote(s) de tinta.

Popular Posts