¡CONSEGUIDO!


Días raros. Días en los que les hubieras dado una patada a todo ese montón de hojas y te hubieras olvidado del camino que cada día te llevaba a ese mismo lugar. Han sido días, meses. Años. Los mejores años de mi vida si hago balance, supongo, aunque hay quien sabe que solo unos meses han hecho falta para cambiar todo. No puedo evitar que mis ojos se empañen cuando pienso en la cantidad de cosas que he aprendido allí. Si sé escribir, derivar o hacer torpemente un problema de genética es porque allí me han enseñado. Pero no solo eso... no solo sé resolver un problema matemático o redactar un texto expositivo-argumentativo, también sé pensar en los demás antes de actuar. Yo, en parte, he crecido ahí dentro, entre esas paredes. Cada baldosa de ese colegio me ha visto saltar, tropezar, aprender y levantarme. Se quedan muchos años de mí en las juntas, en el marco de cada puerta. Estoy tremendamente orgullosa de ser lo que soy, gracias a todo lo que haya podido pasar ahí dentro. Es difícil volver la vista atrás y quedarte con algo, porque han pasado tantas cosas que con los dedos de mis manos no me dan ni para grabar a fuego a penas un par de momentos. El tiempo ha pasado a una velocidad tan vertiginosa que me da vértigo asomarme a su borde para observar los momentos desde arriba, desde fuera. Fuera. Quién lo diría. Tantos años madrugando, tantos años tomando la misma carretera, el mismo autobús, los mismos escalones. Y hoy le he dicho adiós a todo eso. A los recuerdos. A mi vida como estudiante a ese nivel. Tenía ganas de que todo acabase, de salir por fin, de liberarme, de sentirme preuniversitaria. Y así es como me siento, feliz porque he afrontado una etapa de mi vida de una forma satisfactoria, a ratos, pero esa dulzura hoy se mezcla con la melancolía, con un sabor un poco amargo al recordar todo eso, que por otra parte no es más que tiempo. 16 años. Se dice pronto. Se me hará raro el no ver las mismas caras todos los días, la sonrisa de algunos por mucho sueño que tengan, los bostezos de otros, incluso las miradas de indiferencia de los menos cariñosos. Todo. Las aglomeraciones por los pasillos, las aulas desordenadas. Si he de ser sincera tengo miedo a enfrentarme a ese gran cambio, mucho miedo, porque han sido tantos años con la misma gente, sintiéndome arropada por todos aquellos que se interesaron por conocer a ese niña medio rubia que un día pisó ese colegio para dejar allí parte de su inocencia. Debo dar las gracias a quien quiso que yo hoy saliera de él, por ponerme en el camino de todas esas personas que han pasado por mi vida, algunos sin hacer ruido, otros haciendo que no puediera atender a otra cosa que el estruendo de sus miradas al reflejarse en la mía. Peronas que un día subieron a ese tren conmigo, que fueron bajando en cada parada. Personas que hoy sin ninguna duda afirmo que no se bajarán de él, que me acompañarán en cada estación por muchas vueltas que pueda dar ese tren. Aún sigo siendo esa niña infantil que jugaba en los recreos, solo que ahora en vez de mancharme las manos de polvo, me mancho las mangas de tinta azul. Gracias a todos aquellos que en algún momento de mi trayectoria creyeron en mi, a quienes no han dejado de hacerlo. Gracias a aquellos que en estos últimos años me han puesto piedras en el camino, porque me enseñaron a valorar a quienes me las quitan. Gracias, porque aunque sé que allí tengo un huequito, una parcela que será mia y de nadie más. Hoy, definitivamente...

Adiós.

Lo puedo ver en tus ojos.


Alguien que me preste su chaqueta en los días más fríos y esté dispuesto a perderse conmigo en las playas más paradisíacas del mundo. Alguien que me despierte con miles de besos en la mejilla y un “buenos días princesa” susurrado al oído. Alguien que me de atardeceres mágicos y largas noches de pasión, que disfrace mis días malos, y viva mis sonrisas. Que me saque la lengua cuando me enfado y que me haga enmudecer con un simple beso. Alguien que no pueda seguir su camino sin sostener mi mano y que no le guste verme llorar. Que no tenga reparo en pasarse una noche entera mirándome y que cuando mire a otra me guiñe un ojo y se ría de mis celos de acero. Alguien que no de por hecho que siempre voy a estar ahí, pero que tampoco lo dude. Que me mire, y le mire y se nos agite el corazón. Alguien que esté enamorado de mí y me lo recuerde todos los días y alguien que esté totalmente seguro de que desea pasar el resto de su vida a mi lado. Un amor que sea el amor de mi vida. Una historia de amor con la que sueñe todo el mundo.
Él.

Nunca más aquella vez.


Esta tarde me he dado cuenta de que quiero hacer muchas cosas, tener una vida llena de primeras experiencias y vivencias, de que quiero alcanzar grandes metas teniendo el cielo como límite, hasta romperlo con las uñas, que quiero triunfar en lo que quiera que llegue a ser algún día y que soy una acaparadora en cuanto a soñar y fantasear. Hasta ahora poco de todo esto lo he llevado a la práctica, y está bien lo de querer, pero obviamente, con querer no basta. Nadie lo va a hacer por mi.
Ya basta del no hacer más que abrir la boca para pedir y quejarme. Cuando hablo de lo feliz que soy, a veces, suele ser felicidad camuflada.
Entonces le miro, tengo que hacerlo. Y pienso en la envidia que me da, a pesar de no soportar envidiar a alguien. Siempre potenciando al máximo sus capacidades, siempre obteniendo lo mejor, siempre, espero, haciendo lo que le gusta, y debe ser satisfactorio pensar que tu vida ha merecido la pena hasta el momento, que ha sido algo de provecho. Entonces, otra vez entonces, me apena que en ciertos momentos no se de cuenta de la cantidad de grandeza que lleva dentro, de las virtudes y geniales cualidades que le hacen ser alguien envidiable y estupendo. A lo mejor no hay tanta distancia entre envidiar y admirar.

¿Sabéis? No tenemos derecho más que a una vida, solo una para hacer todo aquello con lo que soñamos, para dejar marca donde pensemos que perdurará, en alguien, o en muchos. Y en realidad, aquí donde me veis, me es bastante difícil confiar en mis semejantes, en la existencia de personas eternas, y mientras tanto y por siempre espero poder seguir evaporándome entre las letras de esa canción a la que no sé todavía por qué no le han cambiado el título y le han puesto su nombre. Si, que el resto del mundo siga pensando lo que le de la gana, creo que todavía (ni nunca) han entendido por dónde me meto sus conjeturas. Hay que esforzarse por conseguir lo que se quiere, sin excusas y sin infravalorarnos. Queda muy poco para mi primer paso con éxito e infinitos para todo lo que está por venir.
Prometo que él ya tiene garantizado ser el protagonista de al menos uno de esos emotivos momentos, que cuando se recuerdan hacen esbozar una de sus mejores sonrisas sin apenas darse cuenta. Ahí, en el susurro embriagador de las buenas novelas, en las historias que parecen estar escritas solo para mi.


Hoy por ti, mañana también por ti.

J
Eres... [...]
Eres todo aquello aún no inventado que me dibuja libre. 


                                                                   Y las calles se vuelven playas si tú las andas. Todo es por ti.

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