De cuando paseaba por Manhattan y era la chica más feliz del planeta. Y de cada día que pienso en volver...

21:38

Hacía mucho que no te escribía. Lo siento.
¿Te sigues acordando de mi? ¿de mi pelo? ¿de mi cara con la sonrisa permanente? ¿de la huella de pintura amarilla que dejé en aquella pared del Soho? ¿y del amor que les regalé a los turistas perdidos en el Empire?
Yo... me acuerdo muchísimo de ti, con demasiada frecuencia por desgracia, digo por desgracia porque te echo muchísimo de menos. Tanto que cuando pienso en todo otra vez tengo que detenerme unos minutos para darme cuenta de que no estoy allí, en ti, sino aquí, conmigo.
Me acuerdo de ellos, y cuando hablamos me doy cuenta de que ellos a mi también, y me recuerdan cosas que a mi se me han pasado por alto. Me cambiaron la vida. Me cambiaste la vida. Me hiciste ver que la felicidad existe, la felicidad plena y por eso sé cuando no soy feliz.
Ya...ya sé que te he comparado muchas veces con la libertad, aunque no haya sido explícitamente, pero es que no puedo dejar de hacerlo. Si, eres libertad. Cuando estaba allí, libertad. Cuando me fui, libertad. Y es una palabra bonita, pero lejos de cualquier término que podamos vulgarizar sin estar en nuestras pretensiones, es sentimiento. Algo abstracto, intangible. Como cuando gritas, libertad. Como cuando saltas las olas del mar en el primer baño del año, libertad. Como cuando sientes que todo a tu alrededor fluye al compás del viento, libertad. Como cuando no sientes vacío, como cuando sabes que esa noche no serás un saco de oscuridad. Libertad. Como cuando pisas la arena y sientes el fuego en los pies. Como un abrazo, como el nerviosismo incontrolable de las primeras veces. Como el miedo a lo desconocido. Como aprender a volar cuando aún no te han dado alas, como ver amanecer... tu amanecer. Tú, mi querida Nueva York, libertad.

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