Las huellas dactilares no se borran de las vidas que tocamos.

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No me acompaña una taza de té y si lo hiciera nunca sería negro. Lo que intentaba decirte el otro día cuando no te callabas era que te conozco mejor que tú a mi. No sé en que andarás ahora, pero supongo que si duermes el sonido de tu respiración inunda la habitación, de vez en cuando, al cambiar de postura, haces ruiditos con la boca como los bebés y tienes las piernas medio flexionadas.
De tus placeres, sé que te gusta el café con todo el azúcar que seas capaz de echarle, y si tiene espuma mejor. ¿Estación? Todas si es conmigo, decías. Pero para ti el invierno, que es frío y te gusta ir elegante. El resto no se lo voy a contar a nadie, no vaya a ser que se enamoren de ti.
Pero ahora mírate al espejo, párate a pensar un instante, recapacita en qué te has convertido. Hoy no puedo mirarte como alguna vez lo hice. Hoy no te conozco. ¿Amas con la misma intensidad? ¿Te han querido de la misma forma? Hazte estas preguntas que siempre has deseado y por miedo a la no respuesta que obtendrás jamás te hiciste. ¿Eres capaz de sentir? ¿Se te han vuelto a hinchar los pulmones tan rápido? Creo que deberías serte sincero por una vez y saborear que se siente cuando mandas todo a la mierda y explotas por todo lo que deseas. Y antes eras de los que arriesgaba.
Alguna vez me has dolido. Hoy me duelen tus ojos ajenos a la culpa. No sé qué eres, pero si sé lo que fuiste en algún momento y solo por todo aquello mereces volver a brillar.
Devuélveme todo lo que me has quitado. Ya.

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