Domingos.

22:39



El lugar en el que absolutamente nadie tendrá lugar, ese lugar que tantos han destrozado antes. Ahí donde  me faltas.
El ruido me ha hecho estallar, el corazón solo me duele cuando late y me es imposible respirar rítmicamente. Cuando crees en las palabras, en las promesas, en las... personas. Cuando necesitas un gesto dulce que te haga sentir que tu vida es vida y darte cuenta que sabes querer como jamás lo hiciste. Odio el humo de los cigarrillos, el cielo gris, las noches en las que no me desgarras la piel y los ratos tan extremistas en los que por haberte sentido completamente feliz antes tengas que llorar hasta asfixiarte después. Cuando creo que puedo cambiar el mundo al hablar, que puedo conseguir no ser una más del rebaño controlado a distancia. Y no. Cuando creo llegar tan alto que nada puede impedir mi máximo gozo y me es más fácil echar culpas a los demás que mirarme en el espejo antes de salir de casa solo por miedo a buscar en mis ojos y encontrar lo que no me gusta, una devastación sobrecogedora. Lo siento.
Intento encontrar mi lugar entre mis dedos y tu pelo, me gusta imaginar la vida de cada persona que frecuenta la mía y autoconvencerme de que siempre (nos) irá bien. Quizá así pueda convivir con el último día de la semana.
Ese lugar en el que juntos dejo de pensar, dejo de dolerme, y deja de dolerme todo lo demás. Donde no hay espejos en los que mirarse y da igual si es cordura o esperanza. Donde se me queman las manos que venían heladas de fuera, donde dejo de sentir y créeme, donde dejo de ser humana. Donde me come el tiempo.

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