La fragilidad de ser, por un momento, mortalmente infinitos.

13:48


No espero tu respuesta, pero hoy he decidido recordarte. Llevo casi un año sin prácticamente pensar en ti, si lo prefieres en tiempo reducido. Tal vez te estés preguntando miles de cosas, tal vez es lo que yo desearía... o seguramente no, ya que nunca leerás esto.
Qué niña era. Que delicadeza desprendía. Muchos días sin que te importase lo más mínimo, y aún hoy si cierro los ojos me veo saliendo de ese bar. Cuánta ingenuidad resbalaba por mi pelo, cuantísimas ganas escondían mis gafas de sol, y que mal las disfrazaba de indiferencia cuando, sin más remedio, tenía que mirarte. Era cuestión de tiempo. Lo sabía, y tú lo sabías también. Jamás pudiste disimular. No sabías disimular y tampoco queríamos hacerlo. Solo bastaba con ignorarte unas horas hasta el próximo asalto. Yo era una niña con ideas de presente claras y me daban igual las barreras que hubiera que destrozar para llegar al final. Y cuanto más intentabas aparentar normalidad hacia mi, yo más me arrimaba al calor de quienes eran frío para ti. Que bien guardabas la rabia, que bien lo hacías.
Me decías que era la típica princesita de cuento que hasta el movimiento rotatorio de la Tierra consigue marear. Y hoy te recuerdo y sonrío, después de todo. Yo, princesa que repugna el cuento. Princesa que necesita dormir. Princesa sin aguante extremo.
Aquella despedida a las 4:00 am, cuando te di las buenas noches y el temblor de tus manos sumado a que a penas me mirabas me realizaron por completo, te morías por un beso. Y así lo hice, pero no el que tú ansiabas en silencio. Cerré la puerta y me marché. Me fui a otro calor, aunque sabía que volvería a verte. Tengo lagunas de todo lo que pasó, pero recuerdo el sentimiento de protección que me provocabas. Podría haberme alejado y no dejarte correr ese riesgo, pero en realidad tampoco me planteaba pensar por nadie más que por mis pies.
¡Qué bien resbalabas! Qué bien te preparaste para mis ataques. Eras estúpidamente listo. Y mis ganas por que fluyéramos juntos crecían cuanto más me rehuías tú.
Veintialgo tarde. Que frialdad la tuya. Veintialgo noche. Mi pregunta de rigor, tu respuesta inesperada. La princesita había madurado. La princesita hablaba desde la boca de alguien que lleva esperándolo mucho tiempo. Te pedí que me abrazaras, y volví a ser princesita. Pero qué sinceridad había en tus temblores, en realidad enredabas mil hilos sin mi consentimiento. Estabas realmente guapo esa noche. Me cogías de la mano mientras yo hablaba con Madrid. Y tú me seguías agarrando con fuerza, a la dulce niña ilusa. Por algo me llamas estúpida. No quedaba nada para derribar mi muro aquella noche, tal vez esa habitación. Mis manos, tan inocentes, Durante un ligero pestañeo te sentí enorme. "Buenos días princesa" y demás cosas que no se sienten por la mañana. Pasaban los días y me enredabas sin yo darme cuenta, sin tú saberlo. Niña, me sentía mujer paseándome como si todo estuviera bien. Niña, no me llores, me decías. Niña, no me digas que me quieres. Niña, no me pidas que no te olvide...
Puede que fuéramos algo duros mutuamente. Frené. Te hice creer que lo que sentías no era sentir. Te hice creer que solo me habías sentido allí, únicamente. Te vi llorar, te vi romperte, me viste destrozada. Pero dio igual, porque te obligué a desfribilar la amistad de ese algo que sentías.

Me arrancaste la dulzura.

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