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Hombre solo que siempre tiene prisa. Hombre atado a un reloj de arena que se precipitó al vacio desde el extremo este de la estantería del magnífico salón que siempre ocupó el polvo, y ahora, al igual que su vida, está rota en pequeños trozos de cristal turbio. Hombre solo que baila en discotecas. Hombre solo que pasea por Madrid. Solo. Hombre triste que se siente solo. Hombre solo que está triste. Hombre que, engañado, amó como si tubiera dos corazones. Hombre solo que amó en París, a París. Hombre solo que hoy a penas siente latir su corazón. Hombre que se refugia en el teatro. Hombre que, aunque el sol salga para él, no puede ver su luz. Hombre que se esconde en otros paises, y  en otros países extraña su hogar. Hombre que vive por las letras. Hombre cuyos ojos están tristes de no poder llorar. Hombre que en silencio grita su tristeza, tristeza que intenta ocultar bajo sonrisas, más frias cuanto más cálidos se van volviendo los días de enero. Hombre que ahora odia la Navidad, que la extraña más que a nada. Hombre que lo tubo todo y todo se esfumó como se esfuman los sueños al despertarnos. Hombre solo que solo necesita una palmadita en la espalda y un silencio que retumbe en su cabeza como un: estás aquí para ser feliz... no estás solo. 

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