A él, que me ha enseñado a reir.

22:15

Tarde de febrero. El cristal de la ventana está frío y lo he emborronado con palabras ocultas en una nube de vaho, no cabía todo lo que se me iba ocurriendo mientras miraba a la gente paseando, ni todo lo que pensaba al mirar la luna con una luz intensa, ni lo que he sentido al mirar el sombrero rojo.

Mi reloj marca las ocho y diez. Febrero... qué difícil estás, sobre todo para él, que lleva días sin buscar a nadie, lleva días buscándose a él y no quiere pensar en Madrid ni en mi reloj. Quiere pensar con prisa y cuando ve su sombra al revés... con menos prisa. La tarde de hoy ha sido gris, y el gris no siempre tiene por qué ser sinónimo de tristeza pero ahora no podría encontrar un color mejor para describir esta turbidez. Sabe que voy de su mano, pero me tiemblan las manos al escribirlo por si llega a olvidarse de ello, aunque será mejor que me tiemble la voz al pedirle que no se vaya nunca.
El vaho ha empezado a convertirse en gotas de agua, y parece que en diez minutos solo ha habido eso. Agua. Agua que ha calado sin mojar apenas. Ahora sé que solo necesita un abrazo fuerte, mi abrazo fuerte, y un silencio que retumbe en su cabeza como un: estás aquí para ser feliz y jamás vas a estar solo, no mientras yo no me desintegre y deje de existir. Y puede más, puede con todo, hasta sé que es capaz de aplicarse los consejos tan irónicos y típicos de sacar fuerzas de donde no las tenga, que adelante, que todo pasa, creedme que puede hasta con eso. Se acabaron las noches de irse a la cama con sueño y no poder dormir, de revolverse entre las sábanas, tener ganas de llorar y que todo quede dentro. Y ahí está él, sin decirme una palabra que pueda influenciarme, pero no puedo evitar escuchar a sus ojos pidiéndome que no le deje solo, que no me vaya. Y... ahí estoy yo, sin saber a veces lo suficiente, agotándole. Pero necesito que tenga en mente, siempre, que pase lo que pase nunca he querido hacerle daño. Espero ser el empujón definitivo para terminar con ese color gris que ha llenado todo estos días, para motivar a las comisuras de su boca hasta formar la sonrisa más grande, el empujón definitivo para aminorar el agobio de todo eso que se le hace grande.
No podría conocer a persona más sabia y valiente, a persona más honesta, interesante y cariñosa. Nunca. Ha sobrepasado absolutamente todos los límites, ha hecho de la vida un lugar acogedor y maravilloso, y me ha encontrado, ha sabido hacerlo, como nunca nadie.
Ya no queda nadie por la calle, me he quedado yo sola colgada de su voz, de su voz...
Tarde de febrero, si, pero juntos.

Le quiero, le quiero mucho.

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1 pegote(s) de tinta.

  1. Tarde de Febrero cerrando pequeñas heridas, sabiendo que eres tú quien me da cada punto de sutura y quien me susurra al oído que nunca me rinda, que aún quedan mil millones de planes juntos.

    Y no pienso rendirme, ni tener miedo. Estás agarrando mi mano, a pesar de la distancia. Estás a todas horas ahí, en mi televisor roto, en mi cama deshecha, en cada página de los libros que leo antes de dormir, en mi pasta de dientes a punto de agotar... Estás siempre a mi lado. Y lo sé, créeme.

    Y no quiero que nunca pienses 'pude hacer más'. Luchas sin descanso, sin parar, hasta quedarte sin aliento. Y vuelvo a saberlo, vuelve a creerme.

    Y todo esto lo haces por mi. Si supieras la cantidad de besos que te debo por todo esto... Pero todo llegará, pequeña. Pasará la tormenta, y juntos nos iremos a pasear por el Retiro, como quinceañeros con mariposas en el estómago, saltando en cada charco.

    Porque el día 11 no queda tan lejos. Porque tú y yo lo valemos todo.

    Por ti, por mi, por nosotros. Y por todas las canciones que nos quedan por bailar.

    Te amo más que un todo, te amo dos.

    Gracias. :)

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