Un ego compartido.

18:10



Verás, la cosa es que yo quería perderme por cualquier sitio conocido, o conocer cualquier otro en el que, estoy segura,  mi sentido de la orientación y yo nos hubiéramos perdido sin remedio alguno. Se que  puedo ser de luz en cualquier oscuridad, por muy grande que sea la densidad de su abrigo. Se que puedo ser frío, y puedo ser el otoño en cada hoja de esas que con una patada vacía apartas porque se interponen en tu camino, y también unos pies enredados en cualquier amanecer entre las sábanas de diciembre, de enero, del tiempo que baila entre mis dedos. Mis ganas de explotar bajo la lluvia invernal ansían lloverme, y por fin he sido capaz de diluir cada uno de mis miedos en cientos de colores en forma de acuarela. En verdad todos los pretéritos amplificados no expresan ni una ínfima parte de todo aquello que me parecía imposible de ordenar, de sentir, atrapados en nudos de lágrimas que no podían salir, porque, sinceramente, yo no quería que lo hicieran, porque cada una de las preguntas que me taladraban la cabeza sé que no tenían respuesta, y el silencio estallaba en mis tímpanos cuando solo oía eso, nada, al preguntarme una y otra vez ¿por qué? ¿por qué?... 
No quise ser cínica intentando convencerme de que no encontraría una respuesta, porque sí, sí la esperaba. Y llegó. Supongo que con él y con la densidad de su abrigo. Cada día me importan menos aquellos pretéritos, y pensar que quiero escucharlo todo, sin excepciones, que tengo ilusión por ser de luz cada noche a cielo cerrado. Que tengo ilusión por todo. Y eso es lo realmente conmovedor e importarte, que todo lo que pudo llegar a ser el estribillo de la mejor canción que nunca se haya escrito, parece haber  llegando, va ganando poco a poco el volumen, su sonido... hasta que llegará el momento en que se expanda por completo, de ésto que no te das cuenta, pero que llegas a no poder vivir sin ello.

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