De camino a. . .

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Y aquí continúa...
Consigo tranquilizarme un poco, me acomodo en el asiento quitándome los guantes de cuero que me impiden bajar la ventanilla, si, ahora creo saber en que estación del año estamos y parece final del otoño, así que un poco de aire fresco no me vendrá nada mal. De repente, a la vez que me pierdo con la mirada entre la muchedumbre que hace temblar la Castellana, suena una canción familiar en la radio, una canción que una vez fue motivo de conmoción, y que ha empezado a ser en este momento, y rompo a llorar. Si, no rompes a comer, o rompes a dormir. Se rompe a llorar o a reír. Merece la pena hacerse añicos por esos sentimientos tan fuertes.
El taxista no me quita el ojo de encima y frena en un semáforo que estaba verde. Se vuelve pero no me mira, solo es un gesto para hacerme notar que lo que va a decir es para mi. Y empieza a hablar. Durante mucho rato, el semáforo ha pasado por los tres colores unas cinco veces y allí seguimos, envueltos en sus palabras, y la música de la radio de fondo. Entonces intento despertar de esa angustia y solo a ratos lo consigo, pienso demasiado en ella, en que nunca encontraré, estoy seguro, a nadie como ella.
El tipo se da cuenta de que su intención por amenizar mi sofoco es nula, así que me pide perdón y pisa el acelerador de manera que volvemos a movernos al compás del tráfico de la ciudad, quizá encontremos señalizado el camino hacia el fin del mundo. . .

A la misma hora y en la misma ciudad estoy yo. Caminando bañada del ambiente navideño que adorna las calles de Madrid. Llevo la mejor sonrisa y me acompañan mis chicas, las mejores amigas del mundo a las que tengo tanto que agradecer. Voy pensando en nada, además de lo bonito que está todo y cómo me gustaría perderme por ahí con él. Todavía no le conozco, no tengo la menor idea de su nombre, de su edad, de su color de ojos o de cuántos lunares tendrá en la espalda. Y quizá no exista, pero quiero creer que si. Que llegaremos a conocernos, que me ayudará a poner un punto y aparte al pasado que se prolonga en el presente con tan poco color, que me hará reír y se fundirá conmigo en las noches de lluvia. Que crearemos historias para recordar, que quizá no duren siempre pero que a la hora de mirar hacia atrás produzcan una sensación dulce, como la limonada cuando te pasas con el azúcar. Que seremos capaces de encontrar una canción que nos una cuando estemos en cualquier parte y de repente suene. . . Deseo que él sepa escuchar todo lo que le cuente, que me respete y me quiera por lo que soy, me gusta la gente que me quiere por lo que soy y no por lo que no soy. Que se convierta en mi mayor confidente, en mi mejor amigo, y que le guste hacerme fotos, eso me chiflaría, me encantan las fotos, y que le gustara leer lo que escribo, aunque no valga gran cosa. Me conformaría con poco, siempre que todo pesara más que un día torcido o una mala interpretación de algo que dijéramos.
Qué ganas de tropezarme con alguien así.
No soy una persona fácil de llevar, hace poco soñé que alguien me lo contaba, también hablaban de un cubo de rubik, de retos, en fin, es igual.
Se acerca una de mis amigas y me abraza. Lo ha hecho como si hubiera pensado todo esto en voz alta y me hubiera escuchado, quizá lo haya hecho sin darme cuenta y la verdad que se lo agradezco mucho, le he dicho que lo haga siempre que quiera y ha estado abrazada a mi 5 minutos. Qué suerte la mía por tenerlas.

Ahora hablo yo, que soy quien cuenta la historia haciéndose pasar por dos adolescentes necesitados de amor, de cariño más bien, y de sonrisas, necesitan sentir como la felicidad va desde la extensión de las comisuras de los labios hasta la punta de los dedos de los pies.
No puedo darle un final a la historia porque no lo tiene, y no creo que llegue a tenerlo conociéndolos bien.
Él baja de ese taxi, creo que le pide al taxista que le deje a la altura del Prado y empieza a caminar hacia Colón, sin ninguna prisa, reordenando sus ideas, si es que le queda alguna sin romper. Para a comprar un cucurucho de castañas asadas para hacer más entretenido el paseo y empieza a mezclarse con la gente pareciendo uno más, pero siendo el más especial de todos.
Ella no se encuentra con demasiadas ganas de seguir con las chicas, así que se despide en el cruce donde acaba La Gran Vía de ellas y echa a andar en dirección al Caixa Forum, curiosamente camina en dirección ÉL. Tiene frío, mucho frío, y para a comprar un chocolate caliente con un bollito, también quiere que su paseo sea más entretenido. Pasadas unas cuantas fachadas llega a un semáforo en rojo para los peatones, al sonar el pajarito para los ciegos lo atraviesa, pisando solo las bandas blancas. De repente ve un zapato que solo va pisando las negras y le tira el chocolate “sin querer”. Se apartan de todo, aún ni se han mirado a la cara. Pero lo hacen, se miran, y se sonríen. Ella le pide perdón y él ni la escucha, piensa, nada más ver su sonrisa de disculpa, que además del chocolate, le había derramado un puñado de suerte y le dice que la invita a un café. Ella vuelve a sonreír, y recuerda lo que un día pensó sobre la relación del amor y su olor a café pero lo pasa por alto y acepta.

En ese momento él se percata de que la señalización del camino que iba buscando la acababa de leer en los ojos de esa chica. Que no era exactamente el fin del mundo, pero sí el lugar previo para continuar el viaje.

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1 pegote(s) de tinta.

  1. Seguro que la historia continuará por algún lado. Supongo que ahora la pelota está en mi tejado.

    Gracias por continuar la historia, y no dejarla en esos puntos supensivos.

    Un beso y un te quiero.

    Juanmi.

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