El último día del año.

¡Rápido! Hablemos de olvido, de risas, de llantos, de abrazos, de besos, de momentos, de ropa, de ellas, de ellos, de familia, de amigos, de sitios, de vacaciones, de miradas, de música, de caricias, de soplos en la nuca. Hablemos de labor destructora del tiempo, de personas que se olvidan de lo prometido, de conversaciones, de consejos, de canciones, del "te echo de menos", de ayudas, de esperanzas, de ilusiones, del "te quiero" más grande... Te pido una última cosa antes de que den las doce:
¡Más rápido aún! Detente a mirarla, mírala, mira sus ojos, su boca, su nariz, su cuerpo, pero mira dentro de esos ojos, dentro de esa mirada, en su corazón, disfruta de ella, disfruta de todo lo bueno y todo lo malo que tenga, en su risa, en su enfado, en su conversación, en su tristeza, su alegría, fíjate bien, míralo bien, retenlo en tu mente porque cuando no lo tengas lo vas a echar de menos, tanto que te vas a dar cuenta de que lo que has perdido es un diamante, ni las mejores cosas, ni las mejores chicas, ni toda la riqueza del mundo son comparables a ella. Puede que algún día rehagas tu vida y creas que la has olvidado, pero según vayan pasando los días te vas a dar cuenta de que "esa chica" con la que "compartes momentos" es sólo un mínimo grano de arena de aquella preciosa playa. Lamentarás haber desperdiciado tanto tiempo, lamentarás haber dicho que no a algo que, aunque tú no te dieras cuenta, deseabas con todo tu corazón y ya no está, tú no lo sabes pero ese momento va a llegar, vas a ver que tu vida sin ella no es realmente la vida que quieres llevar, estás desperdiciando un jardín repleto de rosas todas para ti por una mísera margarita. ¿Que quieres disfrutar de la vida?¿Que quieres disfrutar tu juventud?¿Que quieres hacer locuras? Perfecto, pero, ¿qué es disfrutar de la vida sin ella, de tu juventud sin ella o hacer locuras sin ella? NADA. Observa bien la grandeza que estás rechazando porque cuando te detengas a pensar qué coño estás haciendo con tu vida será demasiado tarde, te enfadarás contigo mismo y tendrás que vivir con ello para el resto de tu vida. MÍRALA, MÍRALA BIEN. ES PERFECTA.
Date prisa, ajústate la corbata y llámala, ve a buscarla, ella te está esperando para pasar la última noche del año contigo.

A oscuras en un salón se puede llegar a entender aquéllo que de día es deslumbrado por la luz.



Sonríeme y quédate en mis ojos. Duérmete, o despiértame. Me voy a comer tus miedos, tus prejuicios, tus buenas noches y tus besos. Que si vienes parezca que te evaporas, y si vuelves sienta que nunca te has ido. Convierte en rutina eso de no poder decir que no, venga... vuelve a abrazarme tan tan fuerte que explote aquí mismo de alegría. Luego regálame la ciudad desde la ventana, que mientras tanto yo pensaré que soy la chica más afortunada del mundo. Y por último, para empezar, sigue besándome la espalda, las manos, los besos, los ojos y... las ganas.

Feliz Navidad.




Con tus carcajadas descontroladas y tu risa contagiosa me lleno de ganas porque, al soplar cada uno de los dientes de león de esta navidad fría, se cumplan todos mis deseos. Aquellas puertas que comunicaban ambos mundos quedaron abiertas justo anoche, ¡que lo oigan todos! Nadie, excepto yo, conoce el punto exacto en el que consigues entenderme cuando te hablo con los ojos, cuando te cuento que nunca había acariciado a nadie como lo hago contigo, cuando te cuento que me encantaría estar hecha de tu misma materia y soldar las imperfecciones de los dos. Nadie había andado con tanta elegancia por la calle que termina en mi boca, esa que solo tú has sabido morder y saborear como merecía. Conseguí salir de aquel remolino de dientes de león, conseguí mantenerme de una sola pieza y ahora ya no se escapan ilusiones por los rotos de mis cosquillas, aquello se congeló en la nieve.
Hoy es Navidad, mi dulce Navidad, y estás aquí para reconstruir mis ojos por si acaso se hacen pedazos. A estas alturas de la noche me siento capaz de cualquier cosa, incluso de enfrentarme a mis peores recuerdos y soltarlos hasta que mis manos quieran apretarlos tan fuerte que los desintegren. A tu lado prometo no sentir rencor ni rabia, y endulzaré todos los cafés que nunca llegaste a tomar, y pasearé de nuevo por las ciudades que me llevaron hasta ti.
Mis palabras de hoy, de precisamente hoy, no son más que el sentimiento de todo eso que me ha explotado por dentro, de todo eso que echaba de menos desde que pudo ser y no fue y ahora... ahora sin duda es.
Tu risa, maldita sea, es perfecta. El tiempo que resbala por mi espalda intenta correr hacia atrás para retomar aquel día entre la niebla. Te regalo cada vacío que exista en los textos intensos para que los llenes con esa risa, vacíos inmensos que quizá no llegues a entender. Prometo que esta será la primera y última vez que confiese a solas lo mucho que te echo de menos cuando te vas, cuando me dices que vuelves enseguida, que... no puedo.
Quiéreme como me has demostrado saber hacerlo. Sopla conmigo esos dientes de león para hacer realidad los sueños de esta Navidad y permitámonos el lujo de provocar envidia en todas y cada una de las calles repletas de gente de Madrid.

Lo tenéis todo y queréis más.



Un brindis por los que no saben nada y creen saberlo todo. En este mundo, desgraciadamente, la modestia ya no está bien vista. Algún día pienso, espero, creo, digo yo que todo eso se irá volando y la realidad saldrá a la luz. Y no quedará más que eso. Realidad. Por el momento iré despacio. Tengo que acostumbrarme, te he hablado tanto cuando no estabas que ahora se me hace raro hablar contigo de verdad. Habría preferido encontrarte el primer día, cruzarnos en aquellas escaleras mucho antes para que me siguieses como lo hiciste. Hablarte o simplemente escucharte. Habría preferido aceptar tu propuesta y brindar en aquel lugar entre la niebla, incluso quedarme contigo para no echarte de menos dos horas después. Aunque quizá sea más bonito echarte de menos y saber que volverás antes que pasear sola por las calles que quizá nunca hubiéramos llegado a empapar juntos en los días de lluvia.

Un ego compartido.



Verás, la cosa es que yo quería perderme por cualquier sitio conocido, o conocer cualquier otro en el que, estoy segura,  mi sentido de la orientación y yo nos hubiéramos perdido sin remedio alguno. Se que  puedo ser de luz en cualquier oscuridad, por muy grande que sea la densidad de su abrigo. Se que puedo ser frío, y puedo ser el otoño en cada hoja de esas que con una patada vacía apartas porque se interponen en tu camino, y también unos pies enredados en cualquier amanecer entre las sábanas de diciembre, de enero, del tiempo que baila entre mis dedos. Mis ganas de explotar bajo la lluvia invernal ansían lloverme, y por fin he sido capaz de diluir cada uno de mis miedos en cientos de colores en forma de acuarela. En verdad todos los pretéritos amplificados no expresan ni una ínfima parte de todo aquello que me parecía imposible de ordenar, de sentir, atrapados en nudos de lágrimas que no podían salir, porque, sinceramente, yo no quería que lo hicieran, porque cada una de las preguntas que me taladraban la cabeza sé que no tenían respuesta, y el silencio estallaba en mis tímpanos cuando solo oía eso, nada, al preguntarme una y otra vez ¿por qué? ¿por qué?... 
No quise ser cínica intentando convencerme de que no encontraría una respuesta, porque sí, sí la esperaba. Y llegó. Supongo que con él y con la densidad de su abrigo. Cada día me importan menos aquellos pretéritos, y pensar que quiero escucharlo todo, sin excepciones, que tengo ilusión por ser de luz cada noche a cielo cerrado. Que tengo ilusión por todo. Y eso es lo realmente conmovedor e importarte, que todo lo que pudo llegar a ser el estribillo de la mejor canción que nunca se haya escrito, parece haber  llegando, va ganando poco a poco el volumen, su sonido... hasta que llegará el momento en que se expanda por completo, de ésto que no te das cuenta, pero que llegas a no poder vivir sin ello.

Sábado con lluvia.

Y así siguen, besándose sin darse cuenta de nada más, de la gente que pasa a su lado, vencedores y vencidos de una final importante, pero en el fondo no tan importante.
Después, él ya no puede seguir sujetándola y caen entre las sillas de aquel bar. No se hacen daño. Y se ríen. Y siguen besándose. No hay nada que hacer.
A veces el amor vence verdaderamente sobre todo, ¡incluso sobre una final de fútbol!

De camino a. . .


Y aquí continúa...
Consigo tranquilizarme un poco, me acomodo en el asiento quitándome los guantes de cuero que me impiden bajar la ventanilla, si, ahora creo saber en que estación del año estamos y parece final del otoño, así que un poco de aire fresco no me vendrá nada mal. De repente, a la vez que me pierdo con la mirada entre la muchedumbre que hace temblar la Castellana, suena una canción familiar en la radio, una canción que una vez fue motivo de conmoción, y que ha empezado a ser en este momento, y rompo a llorar. Si, no rompes a comer, o rompes a dormir. Se rompe a llorar o a reír. Merece la pena hacerse añicos por esos sentimientos tan fuertes.
El taxista no me quita el ojo de encima y frena en un semáforo que estaba verde. Se vuelve pero no me mira, solo es un gesto para hacerme notar que lo que va a decir es para mi. Y empieza a hablar. Durante mucho rato, el semáforo ha pasado por los tres colores unas cinco veces y allí seguimos, envueltos en sus palabras, y la música de la radio de fondo. Entonces intento despertar de esa angustia y solo a ratos lo consigo, pienso demasiado en ella, en que nunca encontraré, estoy seguro, a nadie como ella.
El tipo se da cuenta de que su intención por amenizar mi sofoco es nula, así que me pide perdón y pisa el acelerador de manera que volvemos a movernos al compás del tráfico de la ciudad, quizá encontremos señalizado el camino hacia el fin del mundo. . .

A la misma hora y en la misma ciudad estoy yo. Caminando bañada del ambiente navideño que adorna las calles de Madrid. Llevo la mejor sonrisa y me acompañan mis chicas, las mejores amigas del mundo a las que tengo tanto que agradecer. Voy pensando en nada, además de lo bonito que está todo y cómo me gustaría perderme por ahí con él. Todavía no le conozco, no tengo la menor idea de su nombre, de su edad, de su color de ojos o de cuántos lunares tendrá en la espalda. Y quizá no exista, pero quiero creer que si. Que llegaremos a conocernos, que me ayudará a poner un punto y aparte al pasado que se prolonga en el presente con tan poco color, que me hará reír y se fundirá conmigo en las noches de lluvia. Que crearemos historias para recordar, que quizá no duren siempre pero que a la hora de mirar hacia atrás produzcan una sensación dulce, como la limonada cuando te pasas con el azúcar. Que seremos capaces de encontrar una canción que nos una cuando estemos en cualquier parte y de repente suene. . . Deseo que él sepa escuchar todo lo que le cuente, que me respete y me quiera por lo que soy, me gusta la gente que me quiere por lo que soy y no por lo que no soy. Que se convierta en mi mayor confidente, en mi mejor amigo, y que le guste hacerme fotos, eso me chiflaría, me encantan las fotos, y que le gustara leer lo que escribo, aunque no valga gran cosa. Me conformaría con poco, siempre que todo pesara más que un día torcido o una mala interpretación de algo que dijéramos.
Qué ganas de tropezarme con alguien así.
No soy una persona fácil de llevar, hace poco soñé que alguien me lo contaba, también hablaban de un cubo de rubik, de retos, en fin, es igual.
Se acerca una de mis amigas y me abraza. Lo ha hecho como si hubiera pensado todo esto en voz alta y me hubiera escuchado, quizá lo haya hecho sin darme cuenta y la verdad que se lo agradezco mucho, le he dicho que lo haga siempre que quiera y ha estado abrazada a mi 5 minutos. Qué suerte la mía por tenerlas.

Ahora hablo yo, que soy quien cuenta la historia haciéndose pasar por dos adolescentes necesitados de amor, de cariño más bien, y de sonrisas, necesitan sentir como la felicidad va desde la extensión de las comisuras de los labios hasta la punta de los dedos de los pies.
No puedo darle un final a la historia porque no lo tiene, y no creo que llegue a tenerlo conociéndolos bien.
Él baja de ese taxi, creo que le pide al taxista que le deje a la altura del Prado y empieza a caminar hacia Colón, sin ninguna prisa, reordenando sus ideas, si es que le queda alguna sin romper. Para a comprar un cucurucho de castañas asadas para hacer más entretenido el paseo y empieza a mezclarse con la gente pareciendo uno más, pero siendo el más especial de todos.
Ella no se encuentra con demasiadas ganas de seguir con las chicas, así que se despide en el cruce donde acaba La Gran Vía de ellas y echa a andar en dirección al Caixa Forum, curiosamente camina en dirección ÉL. Tiene frío, mucho frío, y para a comprar un chocolate caliente con un bollito, también quiere que su paseo sea más entretenido. Pasadas unas cuantas fachadas llega a un semáforo en rojo para los peatones, al sonar el pajarito para los ciegos lo atraviesa, pisando solo las bandas blancas. De repente ve un zapato que solo va pisando las negras y le tira el chocolate “sin querer”. Se apartan de todo, aún ni se han mirado a la cara. Pero lo hacen, se miran, y se sonríen. Ella le pide perdón y él ni la escucha, piensa, nada más ver su sonrisa de disculpa, que además del chocolate, le había derramado un puñado de suerte y le dice que la invita a un café. Ella vuelve a sonreír, y recuerda lo que un día pensó sobre la relación del amor y su olor a café pero lo pasa por alto y acepta.

En ese momento él se percata de que la señalización del camino que iba buscando la acababa de leer en los ojos de esa chica. Que no era exactamente el fin del mundo, pero sí el lugar previo para continuar el viaje.

Confesiones en diciembre.

Puedes estar bien seguro de que no había nada que me apeteciera más en esa noche que sentarme a tu lado a ver como salía el sol. Puedes estar bien seguro de que nada me apetecía más que besarte allí mismo, acompañados de nadie y del viento del invierno. Pero también puedes estar bien seguro de que nunca te juraré que eso es cierto, porque apenas soy una rama más en tu árbol de navidad y sinceramente, no voy a intentar arrancarte algo más que una sonrisa, aunque me muera de ganas por ello.
He abierto los ojos después de haber imaginado todo esto y he susurrado: "¿No ves que si hemos perdido hemos ganado historias que contar? Y recuerda que si caímos en picado es porque a veces fuimos nubes con la mente".

Me.

own
De esas chicas que soñaban con ser especial. De esas que asignaba a cada persona especial una canción especial. De las que por cada vez que reía lloraba dos. De las que creía que el amor olía a café y que el café no era para ella.  De las que creían que se comerían el mundo cuando fueran un poco mayores y de las que, a dos pasos de conseguirlo... desea no crecer.

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